No ando bien de autoestima recientemente, digamos los últimos 25 años. Antes el dolor venía porque era incapaz de sacar diez en un examen de geografía. No entendía por entonces que nueve era una excelente nota; para mí era la mediocridad en su máxima dimensión.

Más reciente en el tiempo, lo que me jode es no tener trabajo, ni plata, ni carro; no copular desde hace cuatro meses, y que hayan pasado dos años desde mi última relación estable con una mujer.

Toqué fondo este domingo cuando caminaba por la ciclovía y apareció de la nada una caravana de escoltas que arrinconó a todos los que estábamos por ahí. Salió de un garaje pitando como si la calle fuera suya (y seguro lo es) y subió a la circunvalar a no menos de 80 km/h pese a que había ancianos trotando y parejas con niños en coche. Yo había visto en City TV una denuncia que decía que solo el presidente podía hacer eso, pero evidentemente estaban equivocados. Por mi tranquilidad espero que la caravana que casi me atropella no fuera de un Santos.

Lo única dignidad que me quedó del episodio es que no estaba haciendo deporte, sino que me pareció que la mejor opción para llegar a donde quería llegar un domingo por la mañana era caminar por la ciclovía. No he caído tan bajo como para usarla para hacer deporte, aunque sospecho que me falta poco para llegar allá. Al margen de ese detalle, la conclusión que me quedó es que las cosas no pueden andar bien cuando uno es cuasiatropellado por el funcionario público por el que votó.

La semana tampoco había empezado bien. El lunes me llamaron de una revista para encargarme una entrevista con Manolo Cardona. La acepté más por necesidad que por gusto, y me la pasé cinco días tratando de dar con el señor. Cuando logré hablar con la manager, una costeña llamada Maricela, la señora se hizo pasar por su hermana, Magdalena, y me mandó a hablar con su asistente. En conclusión, yo no solo no estoy a la altura de un tipo como Manolo Cardona, sino que soy también poca cosa para su manager. Lo mío es la asistente, que tampoco fue muy amable, debo añadir.

No se qué salió mal conmigo, ni por qué mi vida no es lo que siempre soñé que debería ser; vaya uno a saber qué día y a qué hora tome la decisión equivocada que me convirtió en este señor amargo que soy hoy. No clasifico ni para hermano de Manolo Cardona, hasta ellos están por encima mío en la escala evolutiva.

El viernes, pasado vi rumbeando a Manolo en Andrés Carne de Res; estaba con Faustino Asprilla, Óscar Córdoba y el Chicho Serna. Quise presentarme y decirle que lo estaba buscando para entrevistarlo, pero me pareció impertinente, irrespetuoso, y pensé también en lo poca cosa que me iba a sentir de acercarme a él en ese momento. Una vez más, a mi favor hay que decir que fui a ese rumbeadero porque cumplía años una persona a la que estimo y a la que desafortunadamente le gusta el lugar. Además, me fui sin pagar mi parte de la cuenta.

Estudié una carrera universitaria y he trabajado sin parar durante trece años para ser despreciado por un señor que fue extra en una película de Disney llamada Un chihuahua de Beverly Hills; no se cómo no me he pegado un tiro.

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