Diego Maradona tenía el íntimo sueño de convertirse en el tercer hombre en ser campeón del mundo como entrenador después de haberlo hecho como jugador. Yo no soy quién para desautorizar las aspiraciones de nadie, menos las de aquel que fue quizá el mejor de la historia, pero ya era hora de que alguien pusiera en evidencia esa mentira llamada “Diego Maradona, DT de Argentina”.

Tampoco voy a afirmar que se los dije, porque sería prepotencia, pero desde marzo anuncié que si Maradona salía campeón del mundo, yo regalaba todas mis pertenencias de fútbol: un arsenal de camisetas, cientos de revistas, chaquetas, libros, guayos, etcétera.

Confieso que sentí miedo cuando su equipo pasó a octavos de final, y ya me veía despachando mis cosas en guacales a todos aquellos que se abalanzaron sobre mí apenas hice la promesa, pero me tranquilizaba saber que durante el Mundial no le había ganado a nadie y que apenas se le parara el primer equipo serio iba a quedar en evidencia. Liberado ya de todo temor, le digo hoy a Andrés que se olvide de la camiseta de Sampodoria que tanto le gusta, y al Gordo Quintero, que la chaqueta de Camerún se va a quedar en mi closet por un buen rato.

Si a uno le gusta el buen fútbol le debe agradar esta Argentina, y lo más justo es que alguien que le ha dado tanto al fútbol como Messi gane un torneo de estos, pero lo que generaba mi animadversión hacia el equipo era la figura de Maradona, que piensa que haber sido el pedazo de jugador que fue le da licencia para ejercer de todo, presentador, analista, crítico, entrenador, dirigente. Diego nos entretuvo durante veinte años y lleva quince robando de verso.

Igual la culpa no es de él, sino de los millones que lo idolatran ciegamente. Siempre he creído que aquellos que le rezan y le dicen Dios son unos completos imbéciles. Lo digo con todo el respeto, cariño y tolerancia posibles.

Lo suyo siempre fue y será jugar con un balón. Que tenga un ego gigante me tiene sin cuidado, pero lo que temía era que si ganaba el Mundial nos teníamos que ir todos a vivir a Saturno, porque nadie más iba a caber en este planeta. Pero antes de marcharnos, como dijo un periodista argentino, había que quemar todos los libros de táctica.

Durante su ciclo como entrenador de Argentina le hallé un parecido casi obvio con Estados Unidos: ambos creen que quienes les criticamos ciertas cosas lo hacemos por envidia y no porque tengan defectos, y que en el fondo daríamos todo por ser como ellos.

Por eso y muchas cosas más descanso hoy, tres de julio, con la victoria de Alemania. La verdad es que la actitud mercenaria de no ir por el rival de Argentina sino en contra de Maradona me tenía desgastado. Pero se pueden dar por bien servidos los argentinos, no recuerdo yo otro equipo que sin entrenador haya quedado entre los ocho mejores de un mundial. De haber traído a un DT, esta selección peleaba título.

Digo adiós con una anécdota y dos frases ajenas.

La anécdota me la contaron la semana pasada y decía que la razón de la presencia de Ariel Garcé en el equipo se debió a un sueño que tuvo Maradona donde veía al de Colón alzando la Copa del Mundo. Diego se la contó la mañana siguiente a Bilardo, y este, cabalero como es, le dijo que lo tenía que llevar a Sudáfrica sí o sí. El consuelo para Garcé es que como la imagen se aplazó tiene chance de ir a Brasil 2014.

Las ajenas las encontré en Twitter. Una decía que si Argentina ganaba este Mundial, teníamos que nombrar a Kid Pambelé como seleccionador de Colombia. La última declaraba que lo mejor de la eliminación de Argentina era que nos habíamos salvado de ver a Maradona desnudo.

Tanto rabo de paja da para esto y mucho más.

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