(Ventana del tren. Arriba, el compartimento donde iba mi maleta)
 
Duisburgo es zona de desastre por estos días. Hace una semana hubo 21 muertos por asfixia en el Loveparade, y cuando la ciudad apenas se reponía de la catástrofe, recibe la noticia de que allí se robaron mi maleta de viaje.

Todo lo inútilmente importante que tenía se perdió para siempre. Dos jeans, tres pantalones, ocho camisetas, dos camisas, dos sacos, seis calzoncillos (tres de ellos sucios), nueve pares de medias, los implementos de aseo (es lo que menos me preocupa, la higiene no es lo mío) y regalos, toneladas de regalos que llevaba a Colombia: artesanías africanas, una réplica de la camiseta de Inglaterra del Mundial 86 que era la cosa más bonita que había visto sobre la tierra, y tres muñecos de peluche de Paul, el pulpo, que había comprado en el acuario de Oberhausen.

También se perdieron unos euros que tenía escondidos en caso de que algún día se robaran mi maleta de mano, que es en donde llevo las cosas que importan, en su orden: pasaporte, tarjetas, computador, libreta de notas, cámara, iPod.

No se cómo pasó. O sí. Después de haber sobrevivido a África, y confiado por la seguridad que se respira en Europa, dejé mi equipaje en uno de los compartimentos superiores del tren en el que viajaba y me eché una siesta, que bastante la merecía. Abrí los ojos por un segundo cuando llegamos a Duisburgo y la maleta seguía ahí; volví a dormir y cuando miré de nuevo dos estaciones después, se la habían llevado (adjunto foto).

¿Qué hacer cuando a doce mil kilómetros de casa, en un país donde no se conoce a nadie y no se habla el idioma, le roban lo poco que tiene en este mundo y el tren en el que viaja a ciento cincuenta kilómetros por hora es manejado por una computadora? ¿A quién hay que ir a llorarle, dónde se pone ese denuncio?

Al llegar a mi lugar de destino hablé con un funcionario de la Deutsche Bahn que me recomendó volver a la estación más cercana a donde me la habían robado porque, según él, muchas veces los ladrones se llevan lo de valor y dejan lo demás allí para que la compañía de trenes lo almacene en una bodega de objetos perdidos. Regresé ilusionado por sus palabras, no a buscar los euros que ya se debían haber bebido los ladrones, sino a Paul.

Tras un día de búsqueda, de llamar a las estaciones cercanas y de poner el denuncio en la policía (cuando llegue a Colombia voy a enmarcar ese denuncio junto a mi diploma de guardería), no hallaron nada. Y yo que admiraba al sistema ferroviario alemán por encima de todas las cosas.

A la mañana siguiente compré cuatro trapos, desodorante, un cepillo de dientes y una máquina de afeitar para las tres semanas de viaje que restan. El único consuelo es que todo lo que se llevaron es reemplazable.

Pero lo que más me duele de todo lo que se llevaron es la maleta misma, un morral negro que estuvo conmigo en 21 países, vio dos mundiales de fútbol, viajó cuatro veces a Europa, tres a Asia, estuvo en África y llegó hasta al estrecho de Bering. La llamaba Adolfa, de cariño, y juntos pasamos momentos inolvidables.

El asunto es que Adolfa no era mía, sino de un amigo que gentilmente me la prestó durante cuatro años, ya que él está en el nivel socioeconómico de viajar con maleta de rueditas.

Ahora se la tengo que pagar, pero primero tendré que explicarle que me la robaron por imbécil. No se qué le voy a decir para que no le de tan duro, como cuando se tiene que avisar la muerte de un ser querido. Uno no llega a decirle a alguien: “se murió tu hermano”, así sin anestesia no más. Se necesita tacto, que es una de esas muchas cosas con las que no nací.

“Tu maleta se quedó a vivir en Alemania”, es la mejor excusa que se me ha ocurrido hasta ahora. No se si me crea; con lo difícil que está sacar la visa de residente en estos tiempos.

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