-¿Felipe, tú te masturbas?

Si esa pregunta me la hubiera hecho un sacerdote durante la confesión, casi no habría problema. Pero no. Me la hizo un profesor del colegio, durante una reunión privada en la que supuestamente íbamos a hablar sobre mi desempeño académico. Yo tenía 14 ó 15 años y como era medio bobo, le respondí lo más decentemente posible que ese no era su problema. Hoy en día le hubiera respondido que sí, que me la jalaba unas 3 ó 4 veces al día, y qué. Pero entonces era inocente, y me salí por la tangente. Me estoy yendo por las ramas. Este escrito no es sobre mis placeres solitarios, sino sobre quienes dirigieron mi educación: el Opus Dei.

Después de 14 años de estudiar en un colegio medieval de nombre Gimnasio de los Cerros, y de casi ser víctima de la opusiana mafia que lo gobernaba, saqué algunas conclusiones empíricas sobre ellos. Uno de sus placeres más buscados entre los profesores consistía en conocer los pequeños vicios que cada uno de nosotros teníamos. La pregunta a la que me referí al principio era formulada a todos, sin excepción, y supongo que después, en la reunión de profesores, dirían:

-Vargas se está echando física, ¿Qué hacemos?

- Es que es un caso complicado, se hace cinco pajas diarias.

Pero al fin de cuentas no era tan grave, teniendo en cuenta la dudosa reputación sexual de quien hacía esa pregunta (como no quiero dar nombres, digamos que se llamaba Daniel Rojo), y hoy en día tenemos que estar agradecidos (los heterosexuales) de que la entrevista no hubiera pasado a mayores.

Durante esos 14 años, los rectores (entiéndase, señores feudales) fueron tres. Un costeño al que no conocí bien, un gordito medio incompetente que era la fachada del vicerrector académico, quien mandaba desde su aparente suplencia, y los últimos dos años un metrosexual que decía ser médico y quien, como Samuel Moreno, hizo su campaña a punta de bacanería y buenas intenciones, para demostrar toda su ineptitud cuando se sentó en la rectoría. La base educativa del colegio radicaba en hacer sentir mal a todo el estudiantado debido a sus pecados (recurriendo a conferencias de miembros de La Obra que nos mostraban toda su perfección, sólo para que nos diéramos cuenta de que nosotros y nuestros papás estábamos condenados al fuego eterno), para luego redimirnos con los grandes consejos de José María Escrivá de Balaguer (dicen por ahí que el señor ya es santo). Recuerdo con gran cariño uno de ellos, que decía algo así como “no olvides que eres el tacho de basura”. Que gratas tardes de pajas pasé pensando en esa frase.

Ahora pasaré a asuntos más prácticos, como la biblioteca del colegio. Si uno quería leer, en un ataque de curiosidad, algo de Marx, tenía que contentarse con Marx según la interpretación de Pedro Pérez (no hay que ser genio para adivinar que Pedro Pérez era un filósofo del Opus Dei), o La posibilidad de la existencia de Dios en El Capital. O peor aún, cuando quise conocer a Nietzsche las posibilidades eran cosas como Nietzsche es un mentiroso, Dios no ha muerto. Cuando vi cátedra de Nietzsche en la universidad casi me saco 0 porque sostuve impertérrito, confiando en mi educación escolar,  que él era uno de los principales exponentes de la ortodoxia cristiana del siglo XIX. Así nuestro intelecto se iba reduciendo poco a poco, teniendo que contentarnos con arrancarle las hojas a una edición ilustrada de la Divina Comedia y a dibujarle bigotes a las enciclopedias censuradas. En el colmo de la desilusión nos daba por leer el periódico, y no lográbamos nada porque estaba recortado por todas partes, en un acto de censura que acababa con las fotos de modelos, actrices, presentadoras de televisión (esa era la censura para nosotros) y niños (esa era la autocensura, para que ellos evitaran la tentación).

Y así, entre misas todos los días, preguntas por nuestra sexualidad, convivencia con seres asexuados, las peleas con las roscas internas de los profesores de La Obra (¿Alguien puede asegurar que el Chulo no era del Opus? Y si no lo era, ¿cómo podía alguien tan mediocre seguir en el colegio?), y el miedo a que si tirábamos con alguien nos fuéramos a quemar en el infierno, nos graduamos casi todos. Y desde entonces nada ha sido fácil. Sobre todo porque no tengo a quién contarle sobre mis pajas de todos los días.

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