Todo empezó cuando Aquiles llegó a su carpa después de pelear durante horas y lo único que quería era echarse un polvo con su compañera Briseida, a quien había ganado como botín en una guerra anterior. Leyendo con calma, uno va viendo que si esto no hubiera pasado, si Aquiles no se hubiera quedado con las ganas, La Ilíada no hubiera sido escrita. Por eso no entendí nada cuando en mis clases de literatura de Grecia y Roma la profesora babeaba explicando por qué Aquiles es el gran héroe, y cómo su cólera ­que para mí era algo así como las patadas del ahogado- era resultado de su grandísimo honor herido. Entre el honor y el ego, comprendí, no hay casi distancia.

Entonces pensé en qué pasaría si yo llegara a mi casa y a mi novia se la hubiera llevado alguno de mis amigos, para comérsela, sólo porque la de él se fue, o él la echó, o lo que fuera. Claro, la profesora tenía razón. No en lo del honor, sino en lo de la cólera.

Seguí pensando en Aquiles, y juro que lo comprendía. Con esa mano de mujeres patiflojas que hay por ahí y con el sartal de malos amigos que uno se consigue, todos seríamos un poco como él. Pero no, ya me habían dicho que no, que Aquiles es el héroe por excelencia, no nosotros, y cállese.

La clase siguiente hablamos del origen de La Ilíada, de cómo entre Hera, Atenea y Afrodita habían competido para saber cuál era la más hermosa del Olimpo, y entonces había llegado Paris y había escogido a Afrodita y ella había logrado que Helena, esposa de Menelao, se enamorara de él. Imaginé a las tres diosas agarradas de las mechas, llorando de rabia y planeando entre las dos perdedoras la muerte de la otra. Y que toda esta discusión hubiera sido en plena sala de juntas del Olimpo, debería darles pena. Yo estaba en shock, desde chiquito me habían vendido la guerra de Troya como si hubiera sido la guerra mundial de la antigüedad, y ahora que la tenía entre las manos y la leía con juicio sólo veía líos de faldas y riñas entre mujeres.

Siempre he pensado que las grandes obras son, más que nada, obras humanísimas, y que ahí radica su grandeza. La Ilíada es grande por mostrarnos la capacidad de una parranda de borrachos para pegársela cada noche antes de salir a darse en la jeta al otro día o por reflejar tan fielmente lo que es capaz de hacer una ³pinga² herida, entonces no nos dejemos intimidar, de nada sirven los honores y los heroísmos, y sigamos leyendo como si fuera un culebrón mexicano.

Pero hubo algo con lo que sí estuve totalmente de acuerdo, y fue la forma de nombrar a los personajes, poniendo antes o después, como un apellido, el nombre de su padre. Me entusiasmé tanto, que un día llegué a SoHo llamando a todos así.

- ¿Qué hubo, Andrés Juaníada? ¿Cómo va, Mauricíada Santiago?

Cuando terminé de saludar, me llamó mi jefe, me relegó de todas mis labores, y me dijo que yo sólo servía para escribir un blog sobre cualquier pendejada.

 

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