Paseando por uno de los mercados turcos de Berlín -ruido, multitudes, caos, olores picantes- siento que el mundo sería muy pobre sin esta humanidad desordenada que nos remite a períodos menos normativos y apolíneos de la historia del mundo.
 
La metódica racionalidad germánica, su estricto ritmo bien temperado, es de una eficiencia inexpugnable. Pero sin estos espacios y contrastes de espontaneidad el mundo se vuelve demasiado gris, demasiado nórdico. Los países calientes son (somos) una especie de bendición, siempre y cuando tampoco nosotros nos tomemos todo el espacio porque en un mundo invadido por nuestra algarabía, la disolución está a la vuelta.
 
En la metrópolis contemporánea palpitan y conviven estas fuerzas antagónicas y es eso lo que hace tan valiosa y fascinante a la ciudad del siglo XXI, esa que desde hace más de un siglo viene anunciando Nueva York y esa que todavía no existe en Colombia.
 
Monotonía, rutina, orden, prevención, puntualidad... todo eso es necesario y es justo que exista. Hay en el fondo del espíritu humano una necesidad de orden, un intento perpetuo de oponernos a la entropía que a toda hora acecha la existencia. Pero esa otra fuerza dionisíaca, el entusiasmo, el desbordamiento, el ruido, la dicha gratuita, forma también parte de lo más hondo que tenemos dentro, y no podemos eliminarlo sin cercenar lo más original (lo más primigenio), aquello que nos viene de nuestros remotos orígenes genéticos y culturales.
 
Después de dos horas en el mercado turco, ya cansado de tanto ruido casi tropical, me meto en un café de los de antes. Es el único café del barrio judío de los que frecuentaba Joseph Roth (estoy leyendo sus Crónicas berlinesas) que todavía queda en pie: el Schwarzraben, en el número 13 de la Neue Schönhauser Strasse.
 
Hay sobre todo alemanes, alemanas, y los miro. Son eficientes, cumplidos, trabajan duro y concentrados, pero al mismo tiempo, al final de la tarde, saben vivir despacio. Con qué soñadora morosidad saborean durante media hora una cerveza. Aprendo de ellos, quién lo creyera, también la lentitud y me fumo (en la imaginación) un largo cigarrillo meditabundo.
 
Nosotros, en cambio, comemos y bebemos y vivimos con una voracidad que parece hambre y con una sed que es como si acabáramos de recorrer el desierto. Vivimos en el desierto vital y cultural y creemos poderlo compensar con el ruido y la exageración. Entre este mundo y el otro, prefiero los dos.
 

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