Por Martín Caparrós

 

Entrega a Villoro:

Y la tendrás, por supuesto, sudada como si Salcido, si me ofreces a cambio el secreto de cómo hacer amable la derrota. Yo esperaba tu cólera, güey, o tu cólera güey, como en aquel libro –“en madrugada en pleno su esplendor/ quién sino yo como ginebra destruyendo…”– del maestro Gelman, tan vinculado al maestro Pitol por ese nudo que tú y yo sabemos. Pero sólo me sonó desolado, en tu relato, el fin de fiesta, el clown deslavazado, la cara de Dirk Bogarde cuando la Muerte en Venecia de Visconti le derrite los afeites como a ustedes la derrota la bandera. Así que espero tu receta: si la Argentina sigue jugando así, voy a necesitarla.

Sólo espero que no incluyas en ella quejas sobre árbitros y adjuntos semejantes. Ayer el italiano se acordó de sus parientes argentinos –tú ya sabías, no disimules, que todos los italianos tienen ancestros argentinos– y nos dio su regalo de mamma: mangia che ti fa bene. No sé si corresponde, en estos días de moderado duelo, recordarte lo que escribías hace dos semanas, cuando empezamos a correspondernos y tú decías, tan pancho, que “A tu catálogo de lo que encandila en el fútbol, agrego otro mérito: la injusticia. ¡Qué tedioso sería que el árbitro no se equivocara!”. Sé que no corresponde hablarte de la revancha de Codesal como reemplazo de la de Moctezuma.

Lo cual nos lleva, vaya a saber por qué, a nuestro axioma de la masa: cuando un equipo liviano juega con uno más pesado, pierde casi siempre. Me dirás que casi no es digno de un planteo matemático; te diré que te calles, boina roja, defensor del dogma. Sé que el concepto de equipo liviano es levemente hirsuto, pero todos lo usamos para hablar de esos equipos que juegan, gustan, tientan, firuletean incluso, y no le hacen un gol ni a su señora madre en tacos altos. Los pesados, en cambio, son los que hacen poco de aquello pero mucho de esto.

Como Argentina ayer. La Argentina les ganó jugando horrible. Ninguno de sus tres goles fue efecto de jugada, cosa bastante lógica porque casi no hilvanaron jugadas –entendamos: cuatro pases seguidos que no fueran traseros. Maradona, el nuevo gran entrenador, sigue firme en su innovación inigualable: la idea de jugar sin mediocampo va a ser el pedestal de su estatua más ecuestre. No hay quien tenga la pelota, piense, distribuya. El retiro –tan merecido– de Verón obliga a Messi a jugar parado en la raya central, donde sirve muy poco: no es un armador, y cuando termina de esquivar a su tercer contrario todavía le quedan cuatro o cinco más: adolescente malcriado, en algún momento del maratón se aburre y enfurruña. De hecho, habrá que buscar mucho para encontrar cuatro partidos seguidos de Messi sin un gol: la Argentina no logra utilizar su arma biológica. Cuando el mejor del mundo juega de papel para moscas –atrayendo a los contrarios para que sus compañeros tengan más espacio– es que algo decisivo no funciona.

Que no lo sería tanto si el resto compensara. Pero sólo nos quedan los arrestos, y algún día se van a acabar los regalos, los contrarios culposos, los árbitros piadosos, y va a haber que organizar jugadas. Entonces, o Maradona se decide a sacar a Di Maria y poner a Pastore –o a Riquelme, o quien te dice a Gago– o vamos a tener problemas graves.

Aún así, te sopapo una cifra: tus mexicanos hicieron 25 fouls; sus argentinos sólo 10 –varios de ellos del ingrato Márquez a Messi, que le hizo ganar tantos millones. En general, no hay dato que muestre más sobre un partido –sobre el desarrollo de un partido– que esas sumas. Con ella se ve, a menudo, un poco más allá de lo visible. Pero no alcanza. En mi país, por lo poco que escucho, ya se han convencido de que este equipo de Argentina es el fútbol mismo redivivo; la peor prensa populista –o sea casi toda– insiste más y más en esa idea de que el Mundial será la recompensa que el sufrido pueblo patrio se merece por tantas inclemencias. Los alemanes –los mejores yudokas del fútbol, expertos en sacar sekt de las piedras ajenas– se relamen.

Aunque nos queda una esperanza, sociopolíticoeconómica. Lo bueno del fútbol internacional, mi estimado camisetero, es que suele cagarse en la ética protestante, en los procesos de acumulación, en la lógica de la representación, en la razón cuantitativa. El fútbol es un irresponsable. Anteayer los delegados de Uruguay, un paisito de 3 millones de materos calmos, le ganaron a 100 millones de trabajadores incansables prodigiosos samsung. Y 20 millones de ghaneses más pobres que su perro a 300 millones de imperiales. (Incluso Brasil era cumbre del fútbol cuando era mísero y barato; ahora, que son la B de Bric, míralos cómo juegan). Así, anoche, el equipo de una pampa mediocre fracasada cada vez más intrascendente se aprovechó de la tendencia para deshacer a los seleccionados del mayor país del castellano, socio privilegiado de la gran potencia, crisol de la cultura, capital de la pena capital, faro de América. Por eso perdieron, mi querido: son demasiado para nos. Lo siento. Si quieren ganar en esto, sacrifiquen el resto, como hicimos nosotros. El fútbol es la revancha de los fracasados –y así nos gusta tanto, por revancha y por nuestro. Así, quizás, el sábado que viene, krupp, siemens y mercedes nos abrirán caminos.

Me queda, a este propósito, una duda: ¿tu deutsche vita alcanzará para volverte, esa noche cargada, otro corista del Deutschland über alles?

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