Muchos me han escrito después de mi última columna, sobre la paja. Me dicen que alrededor de la paja hay muchos mitos, como el de la esterilidad o incluso hay quienes piensan que si uno se pajea mucho puede llegar a volverse bizco.

Qué mejor forma de comenzar este blog hablando de eso justamente. De los mitos alrededor de la paja. Quien dice que uno se vuelve bizco pajeándose debe tener cuidado, porque a lo mejor aún cree en Papá Noel (en ese caso, les aseguro, Papá Noel también sería bizco).

En cuanto a la esterilidad, yo he conocido pajuelos irredimibles que tienen hijos. Los hombres tienen millones y millones de espermas y muchos de ellos han sido papás en la tercera edad (¿les dice algo Julio Iglesias o su papá?), y no creo que esos hombres hayan sido monjes budistas que practiquen la abstención.

También se cree que no tener un orgasmo durante un tiempo largo, digamos, una semana, aumenta las posibilidades de concebir un hijo. Eso decían, por lo menos, en la China imperial, cuando el emperador tenía acceso a todos los placeres carnales de la Ciudad Prohibida, pero lo único que no podía hacer era venirse. Ese derecho estaba reservado para una noche con su primera esposa y se creía que garantizaba el nacimiento de un hijo varón (la abstención, aclaro, no la relacionaban con la fertilidad sino con la posibilidad de tener hombres y no mujeres).

En el caso de las mujeres, la paja no tiene nada que ver con la fertilidad ni, afortunadamente, con la bizquera.

Lo cierto es que hay muchos mitos alrededor de la paja y en general alrededor del sexo, unos falsos y tontos y otros con algún tipo de fundamento.

¿Alguno de ustedes tiene un mito que quiere contarme? ¿Será que es cierto que los negros, por ejemplo, lo tienen más grande?

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