La ventaja de no creer en el dios de los católicos es que uno puede quebrar los preceptos religiosos y aun así ser capaz de dormirse exactamente diez minutos después de poner la cabeza sobre la almohada.

Yo, por ejemplo, me doy la libertad de hacer casi todo lo que se me antoja, siempre y cuando no sea ilegal. Avaricia, lujuria, envidia, pereza y desear a una que otra mujer que tiene pareja son actividades que hago a diario. Aun así, -y nunca antes mejor dicho- religiosamente duermo las ocho horas que necesito para descansar bien y poder seguir pecando al día siguiente.

Pero está la gula, que me ha hecho replantear muchas cosas.

Siempre pensé que la comida más cara de mi vida la había pagado en el Burger King de Zurich, donde por diez euros –treinta mil de nuestros pesos-  me comí el combo más sencillo de hamburguesa, papas y gaseosa que la multinacional podía ofrecer. La idea quedó rota cuando en un restaurante bogotano pagué treinta y cinco mil pesos por lo mismo. Voy a decir el nombre del sitio, no por venganza, sino para que las tres o cuatro personas que leen este blog no vayan si así lo desean. Se llama Agadón y queda en la misma cuadra de Di Lucca y La Brasserie, que no es que sean comedores comunitarios precisamente.

Hamburguesa a diez euros en Suiza, donde el ingreso per cápita es de sesenta y ocho mil dólares al año, vaya y venga, pero en Colombia debería dar cárcel. Mientras el señor de Agadón va a seguir vendiendo, yo prometo no volver a cometer ese crimen.
 
Duele más esa plata cuando se lee la noticia de que 27.400 personas mueren al día por hambre, y que 14.400 de ellas son niños. Lo que más sorprende del asunto es que el planeta está cada vez más sobrepoblado a pesar de tanta muerte, seguro porque los que comemos a destajo nos reproducimos en exceso.

Podríamos hacernos un pajazo mental y entrar al juego de las compensaciones: por esos hambrientos existen mil millones con sobrepeso, mientras que también hay quienes morimos de hambre de manera voluntaria y metafórica para poder irnos de vacaciones a fin de año y olvidarnos así de todos los problemas, incluso de aquellos que mueren de hambre de verdad.

La otra cosa buena de no ser religioso es que no se atormenta uno la vida pensando que todo es un castigo. Esto es un juego más bien, un sádico juego tipo Jumanji. Así, mientras en Estados Unidos una niña estornudó doce mil veces al día durante varias semanas, hay que agradecer que eso mismo no le haya ocurrido a una niñita africana, porque con cada estornudo se pueden quemar hasta ocho calorías.

De ahora en adelante pienso  reducir mi ración diaria de comida a la mitad, aun sabiendo que eso que yo no coma no le va a llegar a un muerto de hambre, sino que se lo van a repartir en el camino un dueño de banco y un corredor de bolsa, expertos en comer con la plata de los otros. Porque el que crea que la gente muere de hambre porque no hay suficiente comida en el mundo, está siendo ignorante, que en estas circunstancias debería ser un pecado, además de ilegal, y por lo tanto debería ser castigado con tres padres nuestros, dos avemarías y una semana de cárcel.

Salgo para McDonalds y luego a echarme una siesta.

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