“Los celos son lobos”, me decía una amiga. Y es totalmente cierto. No hay nada peor que una pareja (hombre o mujer) celosa. Yo no es que no sienta celos, pero no los demuestro, porque puede ser letal.

Hace unos días entré a un bar con mi novio (ahora ex, gracias al asuntito este) y unos amigos. Nos quedamos alrededor de la barra, tomando Herradura y cerveza y mi novio decidió ignorarme por hablar de fútbol con un amigo. Yo ni me di cuenta, porque estaba conversando con otras personas, así que todo estaba bien, hasta que una voz me dijo: “Ya he invitado a sus amigos a tres rondas de trago para poder hacerme amigo de ellos y acercarme más a usted”.

Alberto, así se llamaba el tipo que me hablaba, no era de aquí. Era mexicano y bastante atractivo. Me invitó a un tequila, bueno, a dos, y nos pusimos a conversar. Cuando me di cuenta, mi novio me estaba mirando con los ojos encendidos de rabia. Yo, que soy muy elegante, se lo presenté. Alberto, él es Rodrigo. Rodrigo, él es Alberto. Y por un momento pensé que la cosa iba a resultar bien, que todos terminaríamos muertos de risa hablando de política o de las diferencias en el idioma, o de cualquier otra babosada.

Me equivoqué rotundamente. Rodrigo se puso hecho una fiera y me dijo que nos fuéramos. Yo, que la estaba pasando tan bien, le dije que se fuera él, que yo me quedaba. Mis amigos, que estaban en la mitad, no sabían qué hacer, y Alberto, que por fin entendió de qué se trataba la pelea, pidió disculpas y se fue, no sin antes dejarme su teléfono y su correo, en un papelito que puso, disimulado, en mi mano.

Rodrigo se fue. Alberto se fue. Yo me quedé con mis amigos, que se morían de risa con la historia. Mis amigas, sobre todo, pensaban que Rodrigo era un cavernícola que trataba de llevarme del pelo a la cueva y yo, mientras tanto, pensaba que los celos eran bien lobos.

Hay mujeres que les gusta, pero a mí me resulta imposible enamorarme de un tipo celoso, de verdad. Yo no me quería comer a Alberto (no en ese momento, por lo menos) y simplemente estaba conversando y dejando que un hombre guapo me invitara a tomar algo.

Ya se lo que están pensando muchos. Que lo hice para vengarme porque Rodrigo no me paraba bolas por andar hablando de fútbol, pero no es cierto. Yo estaba finalmente con mis amigos también y la verdad es que no soy de esas novias que les gusta estar pegadas dándose besitos todo el día.

Al día siguiente me llamó Rodrigo, aún enardecido, y me dijo que quería hablar conmigo. Me dio risa, pero no por desalmada, sino porque esa frase es un preámbulo lobo para una terminada loba por una causa loba. Así que le respondí que no me parecía. Que si no quería, no me tenía que volver a ver, pero que todo esto era una situación muy tonta.

Vino entonces Rodrigo a mi casa y me comió delicioso. Con rabia, con tristeza, con fuerza, con todo el entusiasmo de cuando estábamos empezando a salir. Yo también me lo comí, pero sin las mismas ganas, porque lo veía diferente. Ahora esa camisa de lino blanco que tanto me gustaba, a la luz de lo que había pasado, me parecía barata. Ese corte de pelo tan cool que tenía, ya lo veía terrible. Esa forma de tirar tan animal, que unos días atrás me habría parecido lo más excitante del mundo, ya me daba asco.

Entonces terminamos de comernos y nos dimos cuenta de que ya no había nada que hacer. Ninguno tuvo que decir nada. Simplemente se fue, sin melodramas. Hay que decir a mi favor que no he llamado a Alberto… todavía. Y a favor de Rodrigo hay que decir que lo único que no fue lobo fue la terminada, porque hay que ver lo lobo que puede resultar un melodrama.

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