Por Juan Villoro


Pase a Caparrós:

 

Tienes razón: el error se ha convertido en maestro de ceremonias del Mundial. En noviembre pasado, Robert Enke, portero de Alemania, se puso a salvo de ese riesgo tirándose a las vías del tren.  

Aunque no faltan delanteros que se hacen expulsar como si la tarjeta roja llevara a Las Bahamas, en Sudáfrica la pifia ronda a los guardametas. Conocemos el calvario de Barbossa en la final de Brasil’50 y el de Arconada en la final de París’84. Lo sorprendente, en este 2010, es que algunos errores han sido difíciles de fabricar. El inglés Green custodia una cabaña embrujada desde que la dejó Shilton, en 1990. Sin embargo, se necesita mucho esfuerzo para equivocarse como él lo hizo. Recibió un tiro lejano, al centro, no muy fuerte. En sus manos, el trámite burocrático se volvió resbaladizo. ¡La noche de mantequilla! ¿Y qué decir de Chaouchi, el primer hombre argelino? Se lanzó hacia el balón como si su principal extremidad fuera el pecho; no quería atraparlo sino imantarlo con el corazón. El paraguayo Villar fue menos inventivo: hizo la clásica salida en falso que equivale regalar las llaves de la casa.

Los arqueros fallan más que los árbitros. Sus errores predominan con tal fuerza que dan ganas de ponerlos en el marcador, como en el puritano béisbol. ¿Jugamos, pues, a equivocarnos?  

Lo interesante es que la culpa ha llegado de la mano de la excusa. Para Sudáfrica, Adidas fabricó el Jabulani, balón ultraligero, alquimia de vinilo, poliuretano termoplástico y otras fantasías teutonas. Hay pensamientos que sólo llegan cuando estás tirado en el césped, con depresión post-anotatoria. Pues bien: los porteros vencidos consideran que no son ellos los que fallan, sino el proyectil. 

¿Hay alguna conexión hermética en el hecho de que Alemania haya producido el balón letal y haya perdido a su portero? ¿Un caso de transmisión de poderes? Lessing narró la fábula de los anillos en Natán el Sabio para indagar el distinto impacto de un mismo objeto y Harry Potter encontró la fuerza en la misma varita mágica que liquidó a sus padres. 

El sustituto de Enke lleva un nombre de predestinación: Neuer, el nuevo. En tiempos de Sócrates se hubiera llamado Neón. A los 24 años heredó una portería que suelen defender vetustos hombres irritados. Por el momento, controla la pelota como si también él estuviera hecho de buen plástico. Un atleta de Palymobil. 

El Mundial es una cruzada para vender zapatos: Adidas versus Nike, con Puma como retador. Alemania es la única selección que ha metido cuatro goles, acaso porque la esfera de poliuretano fue hecha para ellos o porque el sacrificio de su portero no fue en vano. Jabulani significa “júbilo” en zulu. Tal vez se necesita una pérdida suprema para alcanzar esa redonda forma de la gracia. 

Sí, Alemania me entusiasma, querido nómada. Durante nueve años odié el Colegio Alemán, abjuré de esa lengua y prometí olvidarla. A veces, en la adolescencia, despertaba bañado en un sudor frío, muy distinto al que gotea en las canchas: había soñado en alemán. Traté de ponerme al margen de ese idioma execrado, pero acabé traduciéndolo y amándolo. Ahora me cautiva la deutsche vita. ¿No es extraña la naturaleza de un prisionero? 

Si algo aprendí en esas aulas disciplinarias es que las excusas no existen. Tal vez el valor místico del Jabulani consista en distinguir a quienes asumen sus carencias de quienes requieren de un pretexto. En México, aceptar un error es peor que cometerlo. Los editores nunca se retrasan: les falla la imprenta. El balón que la industria alemana hace botar en África parece dispuesto a revelar más defectos de los que conocíamos. Una metáfora de la evolución: el diagnóstico de los problemas se diversifica y las excusas se simplifican. Los porteros en crisis se escudan bajo una causa: Jabulani. Tal vez algún día todas nuestras neurosis tengan una explicación unificadora. Cuando tu mujer te lance “esa mirada”, podrás decirle: “No fui yo: fue el Jabulani”.

Citaste a Buffon, el ilustrado, no el arquero. El primer Mundial que ocurre al compás de Twitter se presta para los aforismos: “El estilo es el hombre”, dijo Buffon el estático. Buena definición del portero en vuelo. 

Que África no te haga tropezar con Jabulanis.

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