Verano eterno no es una referencia a un programa de adolescentes argentinos que solían pasar en un canal nacional, es más bien la conjunción de dos palabras que llenan de reminiscencia a aquel a quien le duele aceptar su realidad: hace mucho que no tira.

 

La desesperación comienza a delatarme en las nimiedades del día a día: este mes tendí la cama más de dos veces, me fume las colillas de todos mis cigarrillos, ingresé a pasionales anónimos s.a, fui un poco mas descarada y decidí tener sexo anónimo (conmigo misma) en el baño de Penélope, discoteca con nombre de mujer (tuve dos orgasmos), descubrí la teoría de los peces en el mar, renuncié a los placeres alimenticios,  aprendí que no existe tal cosa como sex without emocional entaglement, me puse el reto de encontrar las tetas mas bonitas de Bogotá (fueron las numero 5, naturales, grandes sin exagerar, juntas, hermosas), me divorcié de mi familia, metí mis cigarrillos a la nevera e  hice una persecución amorosa.

 

En algún momento, no estoy segura cual (estoy perdida), la falta de sexo permeo mi vida hasta en los mas míseros aspectos. Y me encuentro acá sentada jugando a ser Carrie Bradshaw, pero esto no es New York, yo no tengo una Mrs. Big, acá no puedo calmar mi libido con compulsivas compras millonearas, ni remplazar necesidades con presurosos fetiches a zapatos Blanhik o Jimmy Choo.

 

El sexo no está porque no encuentro mujeres, se pierden, se escurren, se esconden. Porque en Bogota NO hay Sexo en la ciudad. Y yo hablo de lesbianas, de mujeres de verdad. Busco y no encuentro  una mujer que me inspire lamer, coger, meter, comer, oler. Una que me toque la espalda y haga que se me humedezca el sexo. Que sepa lo que hace. Toca hacer resistencia a todas aquellas bisexuales, heteroconfundidas, irreparablemente curiosas que a la hora de la verdad son torpes voluntariosas.

 

Ser lesbiana implica asumir un montón de sofisticaciones necesarias para poder triunfar. Encontrar una mujer decente es casi  misión imposible, y tal vez darme nuevamente a la tarea de pervertir señoritas, de meterme en el papel pedagógico de formación lésbica, pues no. Me encantaría ser pervertida, no pervertir. 

 

Entonces, ¿dónde están las lesbianas en Bogotá? ¿Soy acaso un espécimen camino a la extinción? Ser lesbiana en Bogotá me confina a una soledad apremiante, aumenta el vínculo afectivo que tengo con mi vibrador.

 

Este particular verano me insola, me posee una sensibilidad innecesaria, hambruna femenina en caso de severa necesidad. Me sueño con dedos, perfumes, labios, dedos y lenguas. Con mujeres que no son permisivas y me manosean hasta desgastarme con delicadeza la piel, que me untan irremediablemente de sus olores, me hastían de sabor a mujer. Ese sabor que todos acá conocemos (mujeres y hombres), y se aferra a mi cabeza hiriendo mi memoria con deseos agudos, desmesuradas ganas, reminiscencias de placer.

 

(Anectoda: La única cuca[1]que he comido últimamente no esta necesariamente relacionada a una mujer, sino que es una galleta negra de dulce espesor, cuyo sabor intenso me empalaga, y cuyo nombre me llena de reminiscencias.)

 

Digamos que las ganas me metieron sin vergüenza en una búsqueda que yo nunca busque. Navegación riesgosa en la cual naufragar nunca es un planteamiento posible. El paso numero uno de resolución apropiada a un problema es la sabia y dolorosa aceptación del mismo. No tengo sexo, y me muero de ganas por tirar. Me rehusó a la aceptación de hojas de vida por domicilio, a la agobiante tarea de encontrar mujeres en un bar gay de bogota, a recurrir a clasificados solo propios para los en extremo necesitados. Afinando el criterio de mi búsqueda, deseos cada día más difíciles de complacer, se buscan lesbianas en bogota.

 

 

 

 



[1] CUCA: dicese de galleta caleña, también conocida como galleta negra, a cuya producción se dedican afanosamente y con fervor las monjitas de la iglesia San Antonio.

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