En mi columna anterior, en la que cuento que tuve un polvo de una noche, me escribieron muchas personas indignadas diciéndome que yo era una puta, que se alegraban de que me hubiera pasado eso y otras cosas más.

Me quedé pensando mucho en esas cosas, primero porque yo no soy siempre una persona invulnerable, y como muchos lectores, a veces el sexo y el amor son elusivos. Pero también me quedé pensando en que a lo mejor los insultos y las críticas se debían al machismo. ¿Por qué sí es lícito para un hombre tener sexo casual con una vieja que se levantó en un bar y para las mujeres no? ¿Por qué los hombres luego hacen alarde de eso en el turco, en la oficina, en el campo de golf y en la siguiente parranda y nosotras debemos quedarnos calladas y mantenerlo en silencio como si nos avergonzara? ¿Por qué, por ejemplo, existen las putas en todas las esquinas, mientras que conseguir un gigoló es tan difícil? ¿Por qué hay hombres que, como ritual de iniciación, buscan a las putas y una mujer no puede dejar de ser virgen con un sexo pagado sino que tiene que entregarle su virginidad al hombre de su vida?

Un amigo me decía que cuando él era niño pensaba que las mujeres que disfrutaban el sexo eran unas putas, pero cuando creció se dio cuenta de que era al revés. Las prostitutas, probablemente porque ese sea su trabajo, no lo disfrutan igual que una mujer que lo da por placer.

Yo sé que es un poco cándido exponer estas preguntas frente a mis lectores, la mayoría hombres, pero aquí apelo al sentido común. ¿Qué tan puta es una mujer que disfruta el sexo, que busca parejas sexuales y no necesariamente compañeros sentimentales, que experimenta y dice lo que quiere y que luego habla de eso con tranquilidad?

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