El alcalde de Arenal, Bolívar, decía que la culpa de que las fiestas del pueblo se hubieran dañado la tenía Diomedes Díaz. Los contextualizo: el domingo pasado estaba previsto que el Cacique de la junta diera un concierto ante cerca de 2000 personas, pero, como el artista nunca llegó, la turba enfurecida rompió sillas, se robó la plata de la taquilla, saquearon almacenes, se cargó con los equipos de amplificación y poco faltó para que descuartizaran a los pobres organizadores, que solo miraban con tristeza los destrozos. Pues esos organizadores, señoras y señores, son los culpables de todo.

Diomedes estaba en su casa, “indispuesto”, según dijo su esposa, y debemos entenderlo. Tal vez estaba sufriendo de una hemorragia nasal severa por la ingesta inocente de leche en polvo que confundió con quién sabe qué, o de pronto siguió el ejemplo de Adolfo Zableh, otro de los bloggers de SoHo, y se esnifó un pedazo de pan y estaba ocupado sonándose las migas que le quedaron atravesadas en el tabique. El caso es que en esas condiciones le hubiera sido imposible cantar y él, como el artista integral que es, prefirió que sus seguidores disfrutaran de su ausencia y no que pasaran el bochorno de verlo tan mal, cajeando -de los nervios, claro, no se piense mal-, y un ídolo no debe hacerle eso a sus seguidores.

Ahora, a los pobladores tampoco los podemos culpar de nada. Está en nuestra más íntima y colombiana naturaleza que cuando algo no sale como habíamos pensado, acabamos con todo a punta de pata. Es animal. Es instintivo. Es profundamente humano. Que a los habitantes de un pueblo caribe de Colombia –a 2000 costeños- les hubiera quedado mal Diomedes Díaz, que a los representantes naturales de nuestro más primitivo sentido de la diversión folclórica los hubiera dejado con los crespos hechos el más grande de los chamanes de la parranda, que a los gurús de la ingesta de destilados de caña como el ron se les hubiera truncado la fiesta que esperaban con ansia, es más que suficiente para que reaccionaran como lo hicieron, con una violencia que ya hubieran querido las hordas bárbaras que invadieron Roma, y que hubieran arrasado con su pueblo. Además, también demostraron coraje, ya que no es lo mismo llegar a un pueblo ajeno a acabar con él, sino que hay que tener muchos cojones para en un ataque de histeria acabar con su propio hábitat. Debo reconocer que un día no dieron por televisión la película que estaba esperando (una de Steven Seagal, verdadera obra de arte, casi comparable con el genio de Diomedes Díaz) y en un ataque de ira rompí el televisor, quemé las cortinas, quebré los platos y le pegué a mi mamá. Me tildaron de salvaje, pero estoy seguro que los habitantes de Arenal me hubieran dado la razón.

En últimas, que no podemos culpar a nadie más que a los organizadores. Su falta de profesionalismo les impidió manejar la situación, su incomprensión –pobres pobladores, después de ese fiasco, si yo hubiera estado ahí hubiera liderado una rebelión para quemar la iglesia- hizo que les robaran lo de las taquillas, y merecidamente, además. Diomedes tan inocente en sus dilemas de salud, el pueblo tan ilusionado con el show de su dios-en-la-tierra, ¿y ellos así como así, sin hacer nada? Pena debería darles. Qué hubiera dicho Michael Jackson.

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