El primer cadáver que vi en mi vida fue el de mi abuela Lilia, hace quince años, media hora después de ser declarada clínicamente muerta. Estaba tendida en su cama de hospital, con esa especie de pijama que es como una bata con una abertura en la parte trasera. Se veía tranquila, como recién dormida. Contrario a lo que pensé segundos antes de entrar al cuarto donde estaba, no me dio miedo verla así.

La imagen de mi abuela viene hoy a mi cabeza porque tenía ella mejor apariencia que la comida que venden en los restaurantes de las salas de prensa del Mundial. Esta foto que ve usted es la de una hamburguesa que engullí dos minutos después. Era diminuta, no se veía muy apetitosa, y puedo asegurarle que sabía aun peor. Mi abuela recién fallecida lucía fresca como una lechuga, era la lechuga de esta hamburguesa la que no lucía como mi abuela.

Pagué por ella unos trece mil pesos, sin papas ni gaseosa, porque acá los precios están nivelados a los del Ritz. La Coca Cola la venden a seis mil pesos y la porción de papas a ocho mil.

* Pasaje Bogotá – Johannesburgo: seis millones de pesos
* Combo de hamburguesa, papas y gaseosa de mala muerte en el Mundial: veintisiete mil pesos
* Darle el último adiós a la abuela materna: no tiene precio

Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás, existe FIFA.

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