Portada del catálogo oficial de FartBo y La Otra,
dos ferias de arte hechas por los mismos galeristas
que contratan al mismo diseñador experto en Word.
Incluye una cucharada de la fideo instalación
"No tengo talento pero soy buen artista", por 8000.

Mientras el edificio de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional se cae por sus galardonadas fallas estructurales y el presupuesto para la educación pública se reduce cada vez más, los ricos del país fueron a las ferias de arte bogotanas –no confundir con los artezánganos de la Plazoleta de las Nieves– a gastar millones de pesos en geniales obras de arte contemporáneo hechas por geniales artistas uniandinos y algunos uninachos no tan geniales. Otros, fueron a hacer mercado en el stand de Nueveochenta, donde vendían huevos y chocolate para desayunos conceptuales.

No quisimos ser ajenos a semejante bobada. Por eso, le pedimos a 8000 que abandonara por un día la preparación de sus exposiciones individuales –que hace en individuales de comedores, para ver si el próximo año lo incluyen en el catálogo de alguna galería–, llamadas creativamente Banco Pop y CagArte, con las que inaugurará el género del CagArt y el RobArte. De su puño y letra, escribió en una servilleta y en exclusiva para La Bobada Literaria su crónica de ArtBo, mejor conocida en el circuito bobo como FartBo, ArtFo o JartBo, y sobre La Otra, que mejor deberían bautizarla La Misma. Como 8000 es uno de los principales egresados del Taller de periodismo con Gonzo, nos propuso ir disfrazado de obra de arte y, de paso, empezar a trabajar en una de sus nuevas ideas, que la historia –contada por Diana Uribe– perpetuará junto a otros movimientos como el PopArt y el OpArt: el BobArt.

Con un disfraz de Mario Bros 3 con una bola 8 gigante como cabeza, inspirado en la genialidad de 9000, 8000 llegó a las instalaciones del reciento ferial de Porquerias. Cuando se le mojó la servilleta, no quiso ser ajeno al uso de las nuevas tecnologías y nos envió un informe a punta de mensajes de texto desde una bodega conceptual en La Macarena.

Lo primero que lo desconcertó, dijo, fue que los artistas se están atreviendo. No puede ser otra cosa que atrevimiento pretender que una piedra amarrada en el centro de un espacio con miles de cuerditas sea una obra de arte. El problema es que es una obra de arte, y eso, esa capacidad de perder el descaro para hacer cualquier cosa, es lo que convierte al arte en arte y al arte en contemporáneo. ¿Obras hechas con ladrillo de bloque? ¡Qué novedad!

Pero lo que lo desconcertó más, después de haberse comprado un whisky en Gustavo Carne de Pavo –la mejor obra de toda la feria–, fue un nuevo concepto artístico que quiere estrenar en nuestra página antes de que se lo fusilen en Arteria: la desintalación, algo con lo que todos, parados frente a un televisor LSD apagado y sin quitarse la mano de la barbilla, estaban maravillados y que Jaime Cerón llamó “una inteligente propuesta que subvierte el sentido íntimo, intrínseco y ulterior de lo que hace años se dio a conocer como instalación”, pero que en realidad surgió casualmente cuando a algún videoautista se le olvidó conectar el DVD al mencionado televisor.

Gracias a al irresponsabilidad social empresarial, la feria oficial de la Cámara de Comercio también decidió abrirles un espacio a los artistas jóvenes con el pabellón ArteCágada, la oportunidad para que demostraran que, definitivamente, no tienen talento y para que 8000, según nos dijo, pensara que siente que ya no entiende el arte y que debería ganarse una beca Foolbright para estar más en la onda y dejar de hacer el oso en Flickr. Pero le dijimos que se conformara con ver los capítulos repetidos de NN en Señal Colombia, que son lo que está de moda en el circuito artístico-intelectual uniandino y unijaveriano.

Como no teníamos plata y ya poseemos un bodegón Ana Mercedes Hoyos –en la tarjeta débito de Davivienda–, usamos la plata de los cheques de Google Ads para que 8000 trajera una maravillosa obra de Adriana Duque o de Nadín Ospina que adornara nuestras oficinas en el moderno edificio de cristal de la 93, pero se la gastó en un par de whiskys más –a razón de $185.000 cada uno–.

Como rectificación de su error, estando ya en La Macarena nos dijo que nos enviaría una obra de la galería de Christopher Paschall, pero se confundió y nos mandó un traje de corbata de Gino Pascalli. Al final, el desconcierto de 8000 y de toda esta caca editorial sigue latente: ese whisky tan caro no sirvió ni para emborrachar un poquito a nuestro director de arte y quedó clarísimo que el arte sigue siendo lo mismo para los mismos. Por eso, incluso, 8000 no tuvo que esforzarse mucho para escribir esta crónica: simplemente nos mandó la misma del año pasado.

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