Por Juan Villoro

Pase a Caparrós: 

Los pases de los futbolistas mexicanos suelen ser laterales. Espero que éste vaya lejos y te alcance en el país donde te encuentras, que para mí sigue siendo desconocido. ¿Estás rodeado de tribus, desplazados, traficantes de armas?  

Hubiera preferido que esperaras más para mentar a Maxi Rodríguez, que archivó las esperanzas mexicanas en Alemania 2006. En mi correo anterior elogié las posibilidades de Argentina. Lo hice por admiración pero también por miedo: “No nos une el amor sino el espanto”, dijo Borges. Se refería a Buenos Aires, pero profetizó el ánimo con que los mexicanos encararíamos otro encuentro con Argentina. Nuestra amistad, querido nómada, se puede poner a prueba en el cuarto partido. Si ahora eres capaz de decir “incluso la selección mexicana, recuerdo, ha hecho un gol alguna vez”, ya imagino lo que despacharás con júbilo mexicanicida. Confío en que superemos el trance. Mencionas el fútbol como una de las reservas salvajes del civilizado. La amistad también admite el gozo primitivo y transforma el ultraje en complicidad. Si te digo “pinche”, ya sabes que es de afecto. 

Soy abogado de un cliente poco fiable: la selección que ahora se viste de negro (no sé si por posmoderna elegancia o por luto anticipado). Cuando Hugo Sánchez entrenaba al Tri, dijo que la camiseta verde se confundía con la cancha. El despistado mediocampista mandaba un maravilloso pase…¡al césped! Lo cierto es que no abundan equipos con camiseta color pasto. En México está el León, cuyo lema competitivo es “La vida no vale nada”. Alemania también ha usado el verde para su camiseta sustituta, pero a ellos les basta masticar una aspirina para poder con todo.

Creo que la misión oculta del uniforme negro es emular al árbitro, al menos a los de antes, que vestían sacerdotalmente. El árbitro es el máximo aficionado del fútbol. El hincha desorbitado. Obviamente, preferiría jugar en un equipo, pero le faltaron facultades. Al precio altísimo de ser injuriado, sopla la justicia en su silbato. Es su manera de compartir la merienda de los dioses. A tu catálogo de lo que encandila en el fútbol, agrego otro mérito: la injusticia. ¡Qué tedioso sería que el árbitro no se equivocara! La democracia física que describes (en la que un gordo es Maradona y un acelerado de pies torcidos Garrincha), depende de un hombre que suda a diez metros del balón y tiene un segundo para decidir si lo que no alcanzó a ver bien fue un pénalti o una caída de teatral escuela. Esta condición imponderable engrandece al juego y desespera a los locutores que preferirían que el fútbol fuera vigilado por eficientes robots televisivos. En cada partido 22 hombres pretenden ser Aquiles y uno se resigna a ser Héctor. Los futbolistas juegan a ser dioses y el árbitro a ser hombre. Ningún otro deporte tiene un sistema de jurisprudencia tan endeble, es decir, tan parecido a la vida. 

Como maliciosamente recordabas, México ha destacado poco, pero contamos con una afición delirante y un buen nivel de arbitraje (lo cual equivale a decir que también en la hierba tenemos buenos aficionados: no es raro que el juez mexicano le pida camisetas o autógrafos a los jugadores que acaba de procesar en la cancha). La administración del error humano ha sido un oficio bien llevado en nuestras canchas. Cuando el árbitro se equivoca en favor de México, una fanaticada que entiende de ilegalidades exclama: “¡Árbitro justo!”

Ideal para el existencialismo o para tocar en un mariachi, el negro no parece el color de la esperanza. México se vestirá así en Sudáfrica, en callado homenaje a los árbitros, esos hinchas extremos que envidian a Adán porque no tuvo una madre que fuera insultada en un estadio.

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