Y es que el calentamiento global da para lo que sea. Es un tema fresco, controversial y conyuntural. Por ejemplo, da para un masaje sónico en una galería de arte en el East Village. Una de las, no sé, un millón de galerías que hay en Nueva York se llama 151 Gallery. No mide más de 30 metros cuadrados y siempre que uno pasa por el frente, en Bowery con Tercera, resalta a la vista, no solo porque los colores de sus exhibiciones siempre con particularmente vivos, sino porque las obras, dedicadas al tema del ocaso del planeta, son un ejemplo de imaginación retorcida e innovadora.

Durante tres martes seguidos han estado haciendo estos masajes colectivos, usando exclusivamente material reciclado. Uno entra a la galería a las 9 de la noche, depués de un día agotador, y le piden que se quite los zapatos. Le dan un jugo de banano y zanahoria con una galleta de chocolate. Por si se hostiga, hay agua. Y es gratis. Después lo acuestan en unos tapetes gruesos. Y así, lo llevan a Odisea en el espacio sin Así habló Zaratustra. Sino con José Gonzales. O Ulrich Schnauss. Poco se entiende, y, sin embargo, uno se pierde en un lugar que, pir fin, se siente diferente a lo que vemos todos lo días. Lo que sentiría un indigente durmiendo por una noche en la cama de John Lennon. Como la piel de un bebé. Tocan música ambiental, prenden luces de neón, hacen origami, juegan con morteros como si estuvieran machacando ajo, bailan sin hacer ruido, saltan, montan en bicicletas estáticas comiendo sushi, se mecen en un columpio diminuto, dan botes, pintan y hacen más jugo de zanahoria. Y así suene como una jungla de locos, los 23 artistas involucrados logran, a punta de basura, hacerlo sentir en un monasterio en lo más recóndito de, no sé, Nepal. Pero en el espacio.

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