Comparto con ustedes este relato de mi libro Cinema árbol que circula desde esta semana en Colombia e Italia.
 

Ojos verdes, pierna dorada como ciertos atardeceres de abril y la otra perdida para siempre a causa de una fiebre. Sólo tenía cuatro años, ni siquiera tuvo tiempo de soñar. Entré en la vida de Susana por una apuesta, penetré sus entrañas creyéndome el diablo, indiferente a sus miedos, a su pudor. Era una niña de treinta y seis años. Al inicio la pierna jodida me causó vértigo pero me fui acostumbrando y llegué incluso a tomarle cariño. Susana era linda; su boca blanda de labios delgados, su nariz corta y chata, sus ojos grandes y fulgurantes me esperaban cada madrugada. La madre jamás supo que aquel inquilino callado y pretencioso era la causa del súbito buen ánimo de Susana, de su postura más erguida y su risa sin memoria.

Empecé a jugar con aquella pierna, era más libertina y fléxible que la sana, podía ir en cualquier dirección y me daba posibilidades nuevas de penetrar aquella gorda e impaciente vulva desperdiciada por tantos años. Era el primer hombre en su vida, le decía palabrotas en tono dulce mientras movía aquella pierna y tocaba con la punta de mi verga el corazón de Susana. Poco a poco fue perdiendo la verguenza y me dejó encender la luz. Conocí cada lugar, cada textura de aquella desgraciada pierna; era como una entidad, un perverso fetiche que hacía más intenso el sexo con Susana.

La pierna sana era larga y sinuosa, la piel delicada por los mimos que ella le prodigaba. La otra era áspera a causa también del abandono. Mi cariño hizo que Susana fuera menos evasiva con su presencia, que la aceptara un poco, que pusiera cremas y algo de afecto en la pobre infeliz. Juro que ante los cuidados de Susana aquella pierna se hizo más suave y engordó ligeramente. Tal vez sea una locura pero yo descubrí una secreta belleza en ella, un cierto equilibrio a pesar de todo y un buen día me atreví a besarla y lamer sus oscuridades sin que Susana se cohibiera. Ya no era una cosa fláccida rodando por ahí sino una criatura enérgica dispuesta a ganarse el respeto de su impecable rival. En la cama esperaba ansioso el momento en que la madre apagaría todas las luces de la casa y yo podría deslizarme en busca de Susana y su pierna, era como tener dos amantes en una. Mi mente las separaba y creaba un mundo de ansia erótica. La pierna dorada apenas recibía leves caricias de paso, la otra se robaba mis atenciones, era un instrumento mejor dotado para facilitar mis movimientos y procurarme placer. La otra era bella pero torpe y en determinadas circunstancias sobraba. Con el tiempo Susana aprendió también a manipular y reconocer los atributos de aquella desgraciada hasta convertirla en una cómplice pronta y eficaz, ya no era la pierna dañada que le amargaba la vida, ahora incluso podría dar clases de estilo a su bella hermana.

Hace siete años de aquello, siete años de silencio y desilusión. Sé que no debí marcharme de esa manera pero soy un reptil y no puedo remediarlo. El atribulado amor que llegué a sentir por Susana era inadmisible, ¿cómo podía un tipo como yo quedarse con aquella mujer? Y sin embargo no la olvido, no logro encontrarle el gusto a tantas mujeres intactas. Las piernas corrientes me fastidian, son como un muro entre mi angustia y las sensaciones que deben calmarla. A veces me desvelo pensando en el destino de aquella pierna (los rumores dicen que Susana se casó y está embarazada), en la clase de persona que goza los caminos abiertos por mí; un hombre bien metido en sus calzones, sin miedo a los feroces comentarios, a la cruda MIRADA, a sus pesadillas. Porque yo amaba a Susana y me asusté, porque siempre invento una excusa para huir de lo que amo, porque yo valgo verga.

Enciendo un cigarrillo y me asomo a la ventana. En la distancia como siempre hay otras ventanas y hombres asomados. Hombres que como yo malgastan su vida tratando de vivirla, hombres que tienen una inmejorable opinión de sí mismos, hombres que huyen como yo, que piensan mucho y sueñan poco, que afirman arrogantes que el sujeto moderno es producto del fuego y no de la fantasía; tipejos que ostentan su fracaso como yo, cojos del alma como yo, con huellas de acné en la cara y el culo como yo, con pichas medianas y jactanciosas como la mía. Hombres que se asoman pero jamás saltan, que viajan por el mundo pero jamás llegan, repletos hasta la crisma de vanidad y egoísmo como yo, hundidos, nimios, insoportables. Y me digo mil veces lo mismo y no puedo, siempre hay algo donde aferrarse y escurrir el bulto, para escapar del lugar del crimen sabiendo que el crimen soy y no puedo regresar a ninguna de mis ilusiones ni existen nuevas, y que los hombres en la distancia, por mucho que intente creerlo, no son como yo. Porque estoy solo en mi desidia ante una ventana, sobre mis largas y flacas piernas iguales, recordando cierta pierna y a cierta mujer. Tal vez las cosas no mejoren pero al menos albergo la esperanza que cada vez serán peor.

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