Como la cabra que tira al monte, o el asesino que siempre regresa al lugar del crimen, vuelvo a hablar del Premio Nobel, un mes después de su solemne entrega en Estocolmo y Oslo, y sobre todo vuelvo a hablar del que pareciera serlo por antonomasia: el de Literatura.
Sin aventurarme fuera del mundo hispanoamericano en el primer párrafo, cómo no recordar que el pasado 10 de diciembre se cumplió medio siglo del día en que el rector de la universidad puertorriqueña de Río Piedras recibió una medalla, un diploma y el facsímil de un suculento cheque, de manos del rey de Suecia, y en nombre del moguereño Juan Ramón Jiménez.
Cómo olvidarlo si ese mismo 10.12. recordamos también los cincuenta años transcurridos desde la muerte de Pío Baroja, uno de los grandes ninguneados por la Academia de Estocolmo. Tanto, que cuando le dieron el Nobel a Hemingway, este consideró su deber pasar por Madrid, visitar a don Pío y decirle sin andarse por las ramas que, en su opinión, era él, el viejo cascarrabias, quien hubiera debido recibirlo.
 
Pero en la ocasión reciente los académicos suecos, tan homologables con los gnomos de Zúrich –los que celosamente cuidan el santísimo grial del secreto bancario–, acertaron con una diana de las que redimen su zigzagueante historia: le concedieron el el Nobel al turco Orhan Pamuk, uno de los más extraordinarios narradores vivos.
Allá por el 5 de noviembre recordaba Verónica Murguía en su columna Las Rayas de la Cebra, del suplemento cultural de La Jornada, México D.F.: «Dice un perro en la novela de Orhan Pamuk, Me llamo Rojo, que los gatos son amados por los habitantes de Estambul pues "nuestro reverendo profeta Mahoma, sobre él las oraciones y la paz, prefirió cortar un pedazo de su túnica a despertar al gato que dormía sobre él"». Y en honor a la verdad tengo algo que objetar a la traducción “reverendo”, que en el turco original más bien debe de ser “venerable”, pero no es culpa de mi colega (ella se limita a citar), y además, como diría Rudyard Kipling –el Premio Nobel de Literatura más joven de la Historia–, esa es otra historia.
Si me fijo en esta cita de Pamuk acerca de los gatos es para acercarme de la mano de su obra a los eternos enemigos del dizque domesticado felino: los perros. Porque ya me caía bien Orhan Pamuk, pero se terminó de ganar mi simpatía cuando descubrí que es un redomado ironista,  de una astucia tan sutil que hay que andarse con mucho cuidado para que no nos tome el pelo.
 
En el ensayo “Ante los ojos de Occidente”, de su más reciente libro, Estambul, se lamenta de que los escritores occidentales –algunos de ellos gente muy brillante– fueron describiendo y elogiando a lo largo de los años todas aquellas características que eran la quintaesencia de la vida de su ciudad natal... con la consecuencia de que como las calificaban de no occidentales, los ediles prooccidentalistas se dieron maña para hacerlas desaparecer de la vida ciudadana.
Y Pamuk enumera los ejemplos. Cita en primer lugar a los jenízaros, después el mercado de esclavos, tras el advenimiento de la República los monasterios de los derviches, más tarde las vestimentas otomanas –de las que se había quejado André Gide, otro Premio Nobel–, y luego ¡hasta el harén ha desaparecido! Pero la lista continúa, con la dolorosísima relegación de las tumbas y los cementerios (antes armónicamente integrados en los parques y las plazas) a lugares desarbolados, cerrados con tapias y sin ningún ambiente. Y por si todo ello fuera poco, también han desaparecido los changadores que transportaban cargas inverosímiles a través de la geografía ciudadana, igual que han dejado de verse los autos norteamericanos tamaño hectárea que tanto llamaron la atención de Joseph Brodsky, asimismo Premio Nobel.
Este es el instante de la estocada que remata la faena. Añade aquí Pamuk, dejando caer la frase como sin darle importancia, que es posible que a la larga tan sólo logre sobrevivir un fenómeno característico de su Estambul querido: los hoy todavía numerosos perros callejeros.
 
Qué quieren que les diga. A mí esta frase me parece un llamamiento perfectamente camuflado a sus colegas, los escritores occidentales, para que describan con los más vivos colores, ¡¡¡y como lo menos occidental de la tierra!!!, esas muchedumbres de canes deambulantes por las calles de la vieja Bizancio. Seguro estoy de que Orhan Pamuk está seguro de que si el cálculo le sale bien, los ediles constantinopolitanos terminarán de una vez por todas con esa plaga.
 
Si lo consiguiera, el Premio Nobel sería poca cosa para eternizar su memoria.

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