Por Alberto Lati

 

Pasaron cinco días desde que el Mundial comenzó, pero eso solamente ha desatado una nueva cuenta regresiva: vamos quitando hojas al calendario a la espera de que ya empiece el futbol.

Es un conteo nervioso porque sabemos que si acumulamos muchas jornadas, se nos acaba el Mundial.

Ha dicho Eduardo Galeano: “yo no soy más que un mendigo de buen futbol. Voy por el mundo sombrero en mano y en los estadios suplico: 'Una linda jugadita, por amor de Dios'. Y cuando el buen futbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece”.

Por Sudáfrica andamos con el sombrero de Galeano, aunque poca caridad futbolera hallemos.

¿Con qué nos quedamos en el sombrero? Con Messi que sin casaca blaugrana se atrevió a ser él mismo (aunque con tanto empecinamiento de serlo que sus remates que sí hubieran sido gol en Barcelona, con Argentina son apenas casi-goles, inoportunas atajadas, tercos postes, urgencias de gritar gol que se ahogan en “Aaaay”); con Sneijder que encuentra huecos donde los mortales sólo vemos tráfico (coherente con el espíritu holandés de ganar espacio al mar y poner diques entre olas... perdón, poner balones entre defensas); con De Rossi que es un mediocampista perramente ordinario al defender y diferente al ir adelante (y por ello da argumentos para pensar en un futurista híbrido Gattuso/Pirlo, ante la suplencia de ambos); con Giovani Dos Santos, cuyo vertical primer tiempo contra Sudáfrica me regaló un espectacular mensaje por Twitter (“Se busca mujer dispuesta a tener diez hijos con Zizinho para completar selección”) y, sobre todo, con Alemania: ya no la del Hans-Peter Briegel de ocasión, o la de dos artistas soportados por nueve músculos, sino la de once procedencias distintas en un plantel de 23.

Tuve el privilegio de vivir no sólo en tierras germanas, sino en barrio de inmigrantes (Unterfoehring, en la periferia de Munich) durante año y medio.Todavía en ese 2005, los niños de padres turcos soñaban con representar al equipo de sus antepasados y portaban camisetas de Galatasaray o Besiktas, antes que de FC Bayern o Werder Bremen. Todavía en esa época había debate (las opiniones más ágrias, de parte del extremista NPD, Nationaldemokratische Partei Deustschland) respecto a si alinear negros, latinos, árabes, en la Deutsche Manschaft. Todavía por entonces, el mundo viendo con lupa cada alineación de los teutones para volver a acusar o mediáticamente conmoverse por la bondad de estos tiempos. Todavía, los hermanos Hamit y Halil Altintop prefiriendo jugar para Turquía (aunque sin hablar turco, sino alemán con acento de la cuenca del Ruhr) mucho antes que para Alemania.

Hoy, como apuntó León Krauze, Alemania recuerda al equipo francés de 1998: tan multicultural como representativo de su sociedad actual. Sin embargo, lo que resulta nuevo no es la multiculturalidad, sino el efecto que ejerce. Desde hace una década, la selección germana ha dado sitio a descendientes de Gastarbeiter (literal, “trabajadores invitados”, en la práctica, inmigrantes no siempre bienvenidos) y a futbolistas extranjeros que adquirieron la nacionalidad.

Pensemos en Paulo Rink, brasileño que ya vino a México en 1999 a la Copa Confederaciones, o en Oliver Neuville, italo-suizo que ya fue al Mundial 2002, o en Gerald Asamoah, ghanés que llegó a los 12 años a Hannover, o en Miroslav Klose, quien nació en Polonia pero de padre alemán.Pensemos en la siguiente generación: Patrick Owomoyela y David Odonkor, mitad africanos mitad germanos, o en Kevin Kuranyi, quien de alemán sólo tenía un abuelo y el pasaporte, o en Lukas Podolski, desde los dos años de edad lejos de su Polonia natal.

Como queda claro, la diversidad tiene antecedentes, lo novedoso resulta la actitud. Antes se sometía al forastero a la tradición futbolera local; hoy se adoptan los aspectos más convenientes de cada jugador y a ellos se añade lo que nunca va a desaparecer en una representación alemana: carácter, mentalidad.

El debate no ha de ser si apego o desapego, si más Jogo Bonito y menos “Sturm und Drang”: el debate es cuánto contribuye esa mezcla al sombrero de Galeano... Y contribuye mucho más que ver en Brasil a once Dungas: hasta Robinho o Kaká han jugado con algo del hoy seleccionador nacional y en su tiempo el más germánico volante amazónico.

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