La Plaza Mandela estaba repleta. El sol del sábado por la tarde caía sobre la torre del Hotel Michelangelo, sede de los cuarteles generales de la FIFA durante la Copa, y su sombra cubría parte del lugar.

Los restaurantes repletos, en el centro de la plaza el gran stand donde Sony presenta partidos de fútbol en 3D, cientos de turistas haciendo fila para tomarse una foto junto a la descomunal estatua de Nelson Mandela (el gran ausente de este Mundial a causa de su avanzada edad) y en un tercer nivel, dominándolo todo con su vista, los estudios de televisión con vista panorámica de la cadena ESPN.

Por un lado, hinchas holandeses manchando todo de naranja, cantando en su idioma inteligible vivas a su selección; por el otro, la marea roja cantando “A por ellos, oé”. Los menos despistados se percataron de la presencia del ex Real Madrid Fernando Hierro en uno de los restaurantes, y empezaron a llamarlo en voz alta. El rumor se corrió y los comensales de lugares cercanos se pararon a tomarse fotos con él.

Menos popular, pero no por so peor jugador que el español, el brasileño Edmundo caminaba con una cara de turista indescriptible, sin que nadie notara que estaba allí.

De repente todo se opacó por la llegada de un grupo holandés de instrumentos de viento: un par de trombones, una tuba, un ejército de trompetas y un gran bombo marcando el ritmo. Todos nos paralizamos y empezamos a tomar fotos, a hacer videos aficionados. Los hinchas holandeses que almorzaban se pararon de sus mesas, rodearon al grupo y empezaron a cantar. España había quedado opacada.


Después de tres canciones y miles de fotos, un productor de ESPN se acercó a ellos para que subieran al estudio y tocaran en vivo en plena transmisión. Los más curiosos se quedaron en la plaza viéndolo todo. Yo, en cambio, me vine a la sala de prensa del Soccer City a tratar de contar lo que acababa de ver.

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