Por Ramón González Férriz

 

Vi la final en un lugar inesperado. Había pasado el fin de semana en Burgos, en casa de los padres de mi novia, y habíamos decidido tomar el autobús de vuelta a Madrid a las 16:30 para que yo tuviera tiempo de sobra para ver el partido. El viaje normalmente dura dos horas y media, pero esta vez fueron cuatro; al parecer todos los madrileños que pasaban el fin de semana fuera habían pensado como yo. Llegamos, pues, a las 20:30, la hora en que empezaba el partido, a la estación de Avenida de América; Marta cogió el metro para irse a su casa –detesta, o detestaba, el fútbol– y yo salí a buscar un taxi que me llevara a casa de Toño Angulo, donde debía ver el encuentro. Deambulé durante veinte minutos y no encontré un taxi: las calles estaban asombrosamente vacías y a 37 grados. Al final, desesperado, me metí en un bar en el que vi que daban el partido. Entré, me senté a una mesa de plástico y pedí una cerveza mientras veía cómo De Jong le daba una patada de karate a Xabi Alonso. Mientras el juego seguía interrumpido por el dolor de Alonso, miré por primera vez a mi alrededor. Estaba en España. No quiero decir que no esté cada día en España, pero la parte de ésta en la que vivo es increíblemente afortunada. Sí, periodistas, editores, escritores, hasta mis padres jubilados, se han visto golpeados por la crisis, pero no arruinados. Y ahí estaba yo ahora, a pocos metros de la sede nacional del sindicato UGT y rodeado de hombres y mujeres que tienen una vida mucho, mucho más dura que la mía: treintañeros rapados y tatuados con camisetas de la selección, camareros tripudos con lamparones en el chaleco y cigarrillo colgado en la boca, viejos con pantalones de mezclilla y guayaberas infinitamente aburridos. Algunos me miraron con rareza: estaba sentado solo en un momento en el que ningún español estaba sólo, y vestía muy distinto de ellos. Cuando al cabo de un rato llegó el descanso, un tipo enorme de mi edad y mirada bovina me miró retándome y me dijo: “Este árbitro es un hijo de puta”. Yo, algo amedrentado, le respondí: “Joder, si es un hijo de puta”, con mi habitual y por alguna razón imprudentemente aumentado acento catalán.

El partido siguió. Yo cada vez estaba más nervioso y la gente a mi alrededor gritaba más fuerte, con más agresividad. Seguí bebiendo cerveza y en el minuto 85 pedí una sepia a la plancha –llegó cartilaginosa como la oreja de un gato, cubierta de aceite quemado– porque noté que estaba algo borracho y quedaban al menos treinta minutos de prórroga. Fumé, consulté Twitter en el teléfono como si los comentarios de los sofisticados tuiteros pudieran tranquilizarme y alejarme de los berridos desesperados de los treintañeros y la mirada cristalina de los viejos.

Y al cabo de mucho tiempo marcó Iniesta. Y yo me convertí en un energúmeno. Me puse de pie, alcé los puños, dije “sí” entre los dientes apretados, me bebí de un trago la mucha cerveza que me quedaba. El hombretón que antes me había contemplado con desdén estaba llorando y se había envuelto en una bandera de España. Me miró. Le miré. Dio un paso hacia mí con los brazos extendidos. Nos abrazamos y nos golpeamos en la espalda gimoteando “joder” repetidamente. Él era mucho más fuerte que yo y sentí que desaparecía entre sus bíceps. Casi me disloca un omóplato.

Volví a mi silla algo avergonzado y pagué la cuenta. Quedaban algunos minutos de partido, pero no quería quedarme atrapado allí si ganábamos y todo el mundo se ponía a pedir más bebidas y el camarero, que ya tenía la mirada alucinada y bebía tinto de verano, me ignoraba. Tampoco estaba seguro de querer ver los penaltis si llegaban. Algunos clientes del local se pusieron a hinchar y llenar de agua una minúscula piscina a la puerta del bar y se estaban desnudando para echarse en ella cuando el partido terminara. Los demás les hacían fotos con el móvil.

El partido acabó y salí corriendo. Habíamos ganado y yo estaba contento y borracho y sudado y no pintaba nada allí porque nadie me conocía y no me iba a bañar en una piscina de plástico entre tipos musculosos con tatuajes en la nuca y novias en chándal rosa y pendientes y piercings dorados. Milagrosamente encontré un taxi: el conductor me dijo que había visto el partido y salía ahora a trabajar porque preveía que sería una noche lucrativa. Llegué a casa, me duché y llamé a Marta:

–Hemos ganado.

–Lo sé. Lo he oído por la radio.

–¿Tú?

–Sí. Ha sido hasta emocionante.

–Pero tú odias el fútbol.

–Me he dado cuenta de que no odio el fútbol. Odio a Cristiano Ronaldo, a Beckham y a ese brasileño que es un chiflado evangelista...

–Kaká.

–Ese. Pero, ¿cómo voy a odiar a Iniesta o a Puyol con lo feos y simpáticos que son? Parecen tíos normales.

–Para normales, los tíos con los que he visto el fútbol. No he encontrado taxi para ir a casa de Toño y me he metido en un bar cutre. He sufrido mucho, pero he disfrutado. La gente estaba histérica.

–Esa gente es como Villa si, en lugar de ser futbolista, estuviera en el paro y viera el fútbol en un bar barato de Avenida de América.

–Exactamente eso.

–Creo que por eso me cae bien la selección.

–Idealizas al proletariado.

–Puede ser. ¿Qué decías esta tarde en el autobús sobre el fútbol y el PIB?

–Decía que el triunfo de la selección puede significar un aumento del PIB de dos décimas.

–¿Y eso sirve para generar puestos de trabajo?

–No, ni mucho menos.

–Espero que esa gente de tu bar en Avenida de América coja hoy una magnífica borrachera.

–Lo harán. Y también Villa.

–Son lo mismo. Con dinero o sin dinero.

–No, no tienen nada que ver.

–Sí. Y tú idealizas a los ricos.

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