Ya desde un par de días atrás me empezaron a llegar correos electrónicos, de los que cito este: «Lo que me gusta de la agonía de Pinochet es que da tiempo para organizar la fiesta». Y ayer, con el cadáver del dictador todavía caliente, comencé a recibir otros, de los que expongo este único botón de muestra: «Murió el engendro: traidor, cobarde, asesino y ladrón. Lo demás no se sabe. Voy por mi botella de vino chileno, pú. Como decía el asesino: “¡Vayan matando!”»
 

A todos he contestado lo mismo: que a mí, que fui siempre tan antifranquista, me encrespó un poco lo de las fiestas a su muerte. Y es que nunca me ha parecido ético alegrarme de la muerte de nadie (aunque entienda el sentimiento: humano, demasiado humano...) Porque me digo que si me alegrase e hiciera fiestas por la muerte de un canalla como Pinochet, de alguna manera –y sin quererlo– estaría homologándome con él, no sé si me entienden. En cualquier caso, yo sí me entiendo.
 

[También sería para mí, y para millones de personas en todo el mundo, una enorme satisfacción ver entre rejas a un tipo de la laya de Henry Kissinger, pero tampoco podría alegrarme de su muerte. Y añadan a la lista nombres de gente tan monstruosa como Karadjic, Mladic, y varias docenas más. La historia universal de la infamia es un vivero inagotable, y los nombres de quienes entran en la Historia por la cloaca llenarían varias páginas de una enciclopedia].
 

Me alegré mucho, en cambio, y festejé cuanto pude, cuando detuvieron a Pinochet en Londres en 1998, y más me habría alegrado, y festejado muchísimo más, si el juez Baltasar Garzón hubiese podido enchiquerarlo. Pero no pudo, era muy elevada la deuda que algunos hijos de la Gran Bretaña –en especial los halcones ingleses, con la córvida carroñera Thatcher a la cabeza– habían contraido con el felón chileno, el único gobernante latinoamericano que no condenó, antes al contrario, apoyó la intervención británica en el conflicto. (Aunque a fin de cuentas fue bueno que lo hiciera: contribuyó a cavar la fosa de sus degenerados cómplices argentinos y, de paso, a medio plazo, la suya propia).
 

Y ahora, para que a pesar del segundo párrafo quede diáfanamente claro lo que pensaba y lo que sigo pensando de Pinochet, vivo o muerto, séame permitido reproducir un texto que escribí y publiqué al respecto en 1999:
 

«Pinochet, el animal del mes :
Carta abierta a la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Chile
 

Estimado Sr. Presidente de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Chile:
me dirijo a V. con el propósito de pedirle que la Sociedad a cuyo frente se halla, tome cartas en el asunto Pinochet. Al igual que Amnistía Internacional ha institucionalizado "el preso de conciencia del mes", Vdes. podrían poner en marcha un proyecto rubricado como "el animal del mes".
La oferta es mucho mayor de lo que parece a simple vista. Y no se haga el estrecho: si esta Sociedad suya es efectivamente una protectora de animales y plantas, espero que no practiquen Vdes. ninguna clase de discriminaciones casuísticas entre los animales digamos benéficos y los depredadores. Si no se les caen a Vdes. los anillos por defender al lobo, hagan un esfuerzo mental y protejan también a quienes son lobos para los hombres.
Concedo, eso sí, que debe ser un trago muy amargo para Vdes. el tener que echarse al ruedo para proteger a Pinochet, pero la ética, que el general se saltó a la torera en miles de ocasiones (empezando por la felonía de su golpe de Estado), la ética, Sr. Presidente, es la ética. Y cuando sus resortes fallan en el ser humano, reduciéndolo a lo que tiene de animal, incluso aun siendo en su faceta de mala bestia, Vdes. tendrían que pechar con esa cruz.
Del caso Pinochet pueden extraerse ya, por lo menos, tres consecuencias muy positivas:
la primera es el hecho de que ni siquiera quienes arguyeron en favor de su retorno a Chile se atreven a negar que es un genocida, un terrorista y un asesino;
la segunda consiste en la propia humillación de este general felón (lo sé, me repito, pero es que la gente se olvida muy fácilmente del nombre auténtico de las cosas, así que nunca se insistirá bastante en la desleal cobardía de su putsch);
y la tercera consecuencia, Sr. Presidente, la más importante, es que ahora ya sabemos por qué Pinochet se mantuvo tanto tiempo en el poder: porque por lo menos una tercera parte de los habitantes de Chile continúa pensando y sintiendo como él.
A título personal, con sólo estas tres consecuencias y una sentencia dictada por un juez y en la que se le responsabilizara desde la sociedad civil por la responsabilidad que él mismo se tomó sin encomendarse a Dios (eso espero) ni al Diablo (que lo dudo) con sólo eso ya me daría por satisfecho, y no me importa que unos leguleyos pagados a peso de oro lo hayan podido repariar [sic]a Chile. Como paria moral.
Pero aquí llega el momento más importante de todo el asunto, y es que la sentencia no debería ejecutarse, para añadir a la humillación del juicio la humillación del perdón. Y aquí es donde Vdes. tendrían que actuar. Porque para perdonarlo sería necesario un certificado de que su salud está quebrada, y de que, entonces, por razones humanitarias, se le concede esa gracia. Pues bien: sea, digo yo. Sólo que semejante certificado lo debe expedir, firmar y rubricar un veterinario. Y sólo Vdes. pueden llegar a conseguirlo, pero para ello, ya se lo dije al comienzo de esta carta, tendrían que adoptar al senador vitalicio y genocida eterno como "el animal del mes". No importa de cuál.
Es favor que espero alcanzar de la reconocida manga ancha de V.,
cuya vida guarde Dios muchos años.
Ricardo Bada, Colonia/Alemania».

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