Por Martín Caparrós

Centro a Villoro: 

¡Qué gusto, caro güey, anoche, ver a Brasil penando frente a un equipo tan pequeño! ¡Qué placer ver a un diez de Brasil errar un pase de diez metros! ¡Qué gozo descubrir que sus jugadores más visibles eran un marcador de punta y un puntero de quien se dijo alguna vez que más que futbolista era un triatleta: corre, hace bicicleta, y nada! ¡Qué delicia verlos jugar tan torpe e imaginarlos pensando en los jabulanis que deberían invocar para justificarse! ¡Qué grito, por fin, en ese gol coreano! 

Espero que compartas mi placer, aunque quién sabe. Sabes, por supuesto, que el fútbol se constituye por binomios, mellizos enemigos, rómulos y remos. Ser de uno es ser contra algún otro: en la cancha de Boca –¿lo recuerdas?– el festejo de un gol supone un ritual cristalizado: primero el grito más primario, después el atavismo –y dale y dale y dale Boca dale– y, enseguida, cuando la pelota todavía no ha vuelto a rodar, la dedicatoria decisiva: y ya lo ve, y ya lo ve, es para River que lo mira por tevé. El gol no está completo si no lo ven los enemigos, el esclavo o el amo de la dialéctica gastada. El binomio se ha establecido en todos los lugares futboleros –y, en general, uno de los equipos se supone burgués y el otro plebeyo, porque la diferencia se armó en una época en que esas dos culturas existían y se enfrentaban claras, belicosas. River y Boca, el Madrid y el Atleti, el United y el City, la Juve y el Torino. (A propósito, querido sedentario: ¿contra quién son los que son del Necaxa?). 

Y lo mismo pasa –nos pasa– en el subcontinente. Aquel rector español dijo, hace ya tanto, que le dolía España. A los argentinos, más generosos, menos ensimismados, nos duele Brasil.  

Es una larga historia. Cuando yo era chico Brasil era un país muy grande y muy folclórico y un poco inútil donde, por ejemplo, los estudiantes de medicina usaban libros argentinos porque ellos no tenían. Y nosotros usábamos, con ellos, la Actitud Roca. Era el Modelo Bueno Bah, que empezó en la colonia, cuando nosotros los españoles peleábamos contra los portugueses pero sin entusiasmo, sabiendo que era un imperio de segunda. Se incrementó con la guerra de 1827: les ganamos y no nos cobramos la victoria, y permitimos que la diplomacia inglesa se alineara con ellos e inventaran la República Oriental del Uruguay, un tapón entre ellos y nosotros. Nada nos importaba demasiado, total éramos tanto más potentes. El Modelo Bueno Bah llegó a su apogeo aquella tarde de septiembre de 1912: el ex presidente Julio Argentino Roca visitaba de cortesía San Pablo para una fecha patria brasilera. Entre los festejos, un partido de fútbol; cuando terminó el primer tiempo, la Argentina ganaba, fácil, tres a cero: entonces Roca bajó al vestuario y le pidió a sus jugadores que no hicieran más goles para no ofender a los anfitriones: “Muchachos, háganlo por la patria”, dicen que les dijo.

La Actitud Roca o Modelo Bueno Bah sobrevivió todo este siglo. Lo teníamos claro, y cada vez que un equipo brasileño venía a jugar a Buenos Aires le cantábamos aquel himno a la corrección política: ya todos saben que Brasil está de luto: son todos negros, son todos putos. Pero después, poco a poco, empezamos a oír cosas: alguien dijo que tenían más vacas que nosotros, alguien que vendían aviones por el mundo, alguien que sin las importaciones brasileñas la Argentina paraba, que el PBI de San Pablo era mayor que el de toda la Argentina junta, que Brasil era uno de los grandes países del futuro, la B del BRIC. Nos fue quedando claro: se convertían en los patrones de Sudamérica, con tanta diferencia. Y un día hubo que aceptar –un día que, para muchos, todavía no llegó– que nuestra mejor chance era ser buenos satélites del gran poder de la región. Y que, encima, nos ganaban cada vez más a menudo, y a todos los demás todas las veces. 

Por eso ese gustito ayer, mi estimado. No sé si califica para lo que tú llamarías deutsche vita. Porque mi placer implicaba tener que soportar esa posición humillante en que uno se pone cuando le da igual quién gane, sólo sabe quién quiere que pierda –y, por lo tanto, apoya por 90 minutos a un equipo imposible, perfectamente ajeno. Como los coreanitos, que jugaban, sin duda, lo que se ha dado en llamar un fútbol inocente –uso que muestra que la inocencia ya no está de moda. Me lo he preguntado mucho últimamente: ¿por qué homenaje a la falsa equidad, a la hipocresía de lo políticamente correcto se llevan equipos como Corea del Norte, Nueva Zelanda, Honduras? ¿Porque les ganaron a Azerbaiyán, Tuvalu, Puerto Rico? 

Pero, aún así, ¡qué gusto ver a esos muchachos de amarillo con la cresta arrugada! ¡Qué delicia intuir la desesperación del señor Ricardo Izecson Dos Santos Leite ex Kaká! ¡Qué placer ver lo nada brasilera que era esa cara adusta, preocupada del señor Carlos Dunga! Y, a propósito de nada brasilera: ¿has visto que los americanos sí saben decir eso? Dicen unamerican, y lo dicen como si fuera un concepto preciso, indiscutible. ¿Tú has oído a alguien decir amexicano, inargentino? Ya que estamos aquí, charlando de pavadas, te propongo que los inventemos y los difundamos. El problema, caro güey, será saber qué estaremos diciendo. 

Aunque, en verdad, ¿fue ése alguna vez nuestro problema?

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