Por Daniel Krauze
 

Diez de la noche de un lunes. Yo y Nicolás, uno de mis compañeros de departamento, nos sentamos a ver la final del mundial de 1978 en el que la selección de Argentina se enfrentó a la Naranja Mecánica (sans Cruyff). Honestamente preferiría ver otra cosa, pero Nicolás es argentino, así que prefiero no robarle el gusto de ver, por primera vez, cómo su selección ganó la copa del mundo.

Empezamos a ver el partido en el minuto 70, ya con el primer gol de Argentina en el marcador. Transcurren las primeras jugadas y me doy cuenta de que no sólo me llaman la atención los uniformes de los setenta –con sus shorts de edecán de Chabelo–, o los peinados de los jugadores –dignos de Farrah Fawcett. Lo que no puedo creer es el arbitraje. Ambos equipos se pegan con todo, sin piedad, como si no fueran futbolistas sino gladiadores. Luque, el número 14 de Argentina, tiene el jersey empapado de sangre (suya y de varios holandeses). Neeskens, esa saeta rubia que orquestaba el juego de la Naranja a falta de Cruyff, visita el césped cada cinco minutos, víctima de algún impune codazo, patada o empujón. Tras un choque con un defensa contrario, el delantero holandés cae en el área, y sus compañeros se tardan varios minutos en levantarlo. Cuando por fin se pone de pie, Neeskens da la impresión de ser un peso pluma después de tres rounds peleando contra Mike Tyson. El tipo se tambalea, se sostiene la cabeza entre las manos; parece, honestamente, a un golpe de una contusión severa.

Después de que un testarazo de Nanninga iguala el marcador, el partido se va a tiempos extra. Nicolás se queja de la narración de Kempes, que está en cabina en ESPN, dizque recordando cómo fue el partido. El gran delantero argentino no recuerda nada (ni la conversación de medio tiempo con Menotti, ni la sensación de meter dos goles en una final) y su voz en el micrófono se escucha aletargada, como si se hubiera echado diez mezcales antes de la transmisión.

Comienza el segundo tiempo. En total, no he contado más de dos faltas marcadas por el árbitro. Lo curioso es que el hombre de negro marca infracciones nimias y pasa por alto patadas, barridas arteras, empujones sin el balón de por medio.

Después de dos jugadas torpes, casi propias de una cascarita de preprimaria, Kempes y Bertoni anotan, y Argentina se corona en su propia patria. Los jugadores no sólo lucen exhaustos: las jerseys albicelestes están teñidas de sangre y los holandeses apenas pueden caminar. En la narración, Kempes masculla un par de frases, como si hubiera visto a otra persona ganar la copa del mundo. Nicolás se frota las manos, ansioso por ver el festejo de Argentina. ESPN corta la transmisión al minuto del silbatazo final.

Yo estoy cautivado por lo que acabo de ver. Me impresiona constatar la influencia que ejercen las nuevas reglas en los partidos: ver cómo el hecho de que el portero no pueda tomar el balón tras un pase de su defensa aumenta la sensación de peligro; ver cómo un arbitraje más riguroso contiene la agresividad en un encuentro. El ritmo del juego no era distinto porque los futbolistas de antaño fueran menos hábiles. El ritmo de juego era distinto porque el arbitraje no era el mismo.

Apagamos la televisión. Nicolás se queja de Kempes y su narración soporífera. Yo no comparto su frustración: después de tanto golpe, ¿quién puede culparlo si su cabeza no funciona a la misma velocidad que la nuestra?

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