Lo malo de haber sido educado como católico es que se vive lleno de miedo, pensando en qué momento uno rompe las leyes de Dios. Se crece con la idea de que Él lo ve todo y que apenas detecta un fallo empieza a cranearse el castigo, porque es muy vengativo.
Si además de católico se ha nacido en un país como Colombia, el sentimiento de culpa pesa tanto que da pánico desear a la vecina en silencio, y sin embargo se puede cometer un peculado con asombrosa facilidad. Así las cosas, da más miedo encontrarse con un cura que con un policía.

Todo esto porque precisamente el sábado me cogieron dos policías orinando en la calle. Tuvimos una larga charla con mi miembro afuera –el miedo era más grande que la vergüenza- y después de ruegos, de mostrar mi cédula y de alegar razones de salud, me dejaron mear en paz junto a un poste que tenía el bombillo fundido.

Lo que no sabía yo es que me estaban esperando para pedirme una colaboración por no haberme mandado a un calabozo. Muerto de susto saqué un fajo de billetes de baja denominación, les entregué cinco mil pesos, les di la mano (sin habérmela lavado) y me fui de allí a paso lento para no despertar sospechas. Con cinco mil pesos, dos mil quinientos por cabeza, solucioné el problema y pude dormir en mi casa. Aun así, la culpa me hizo pasar la noche como si en efecto me hubieran mandado a la cárcel.

Fue tan traumático que incluso soñé con mi maestro de Historia del bachillerato, el profesor Altamar. Era un viejo tan sabio como loco que durante los exámenes se escondía en algún lugar del salón, y cuando veía a alguien copiándose salía de la nada para gritarle frente a todo el salón “¡Te pillé, bellaco, te pillé!”. Nos trataba como delincuentes cuando en realidad no pasábamos de los tiernos doce años.

Todos sabíamos que algo raro le pasaba al profesor Altamar porque cada tanto salía con frases como “Hoy tiran bolas de papel, mañana tirarán granadas”, o “disfruten que puedan comer en bandeja de plata, porque mañana lo harán en hojas de bijao, y en el suelo”. Según lo veo ahora de adulto, el problema es que tenía una visión muy fatalista del ciclo de la vida, aunque algo de razón debía tener porque murió solo y drogadicto hace más de un año. Dicen que hallaron su cuerpo desnudo y lo enterraron en una tumba sin nombre.

Desde entonces mi existencia ha consistido en vivir con miedo y en hacer todo lo que esté a mi alcance por no parecerme al señor Altamar y a mi padre. Del primero me siento lejos, aunque uno nunca sabe, de mi resistencia por el segundo no me queda otra que culpar a Edipo.

El incidente del sábado me hizo recordar aquella vez que mi padre sobornó a un policía también con cinco mil pesos para que no le pusiera un parte tras volarse un semáforo en rojo. La diferencia, y eso me alivia, es que mientras él dio un billete de cinco mil, yo tenía dos de dos mil y uno de mil.

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