Por Martín Caparrós

 

Pelotazo a Villoro:

 

A ti te pasa, por una vez, lo mismo que a mí: te intriga –y por eso escribiste Dios es redondo– que la palabra Mundial signifique una copa de fútbol, que a partir de este viernes miles de millones de personas se pasarán un mes mirando embobecidas, enardecidas, ensoberbecidas, decididamente heterocidas cómo once muchachotes de un país patean para un lado y once de otro para el otro.

 

Y yo también, y tú. No sé si estarás de acuerdo con mi definición: en mi caso, sospecho que el fútbol es el espacio de mi salvajería feliz. Me paso la vida tratando de pensar cosas, de tener cierta mirada sobre el mundo, de no perder el tiempo –en síntesis, soy muy insoportable, sobre todo para mí– salvo en esos momentos: durante dos horas un par de veces por semana toda mi atención, todo mi esfuerzo, todas mis emociones dependen de que ese cuero inflado pase o no pase una raya pintada en el suelo.

 

Es un momento raro: sé que todo es una puesta en escena para que unos pocos ganen plata, sé que las instituciones del fútbol son una cueva de mafiosos y entruchados, sé que ningún gol va a influir en lo que sí me atañe y, sin embargo, durante esas dos horas, nada me importa más que lo que está pasando allá en el verde, con un nivel de concentración y de tensión que ya querría para otras situaciones. Digo: salvajería feliz, la suspensión del juicio. La salvajería es difícil de ejercer: la hemos dejado sin espacios. Nos quedan, creo, tres –a mí, digo; a ti no sé–: la mesa, la cama y la tribuna. Y los dos primeros producen discursos tanto más complejos: uno puede planificar una vida alrededor de lo que hace en la cama o entender la historia del mundo y la cultura alrededor de lo que pasa en la mesa. En cambio el fútbol no tiene nada de eso: es bastardo, pegajoso y carece de cualquier prestigio, pero sigue siendo tan tontamente apasionante. Es, sin duda, nuestra pavada insigne.

 

El fútbol ocupa un lugar desmesurado en nuestras conversaciones, nuestras expectativas, nuestro imaginario: eso que solemos llamar nuestra cultura. Hubo tiempos en que los intelectuales lo desdeñaban de un plumazo: era el opio de los pueblos, decían, y era suficiente. Ahora, tiempos de droga dura y pueblos muy confusos, algunos entendieron que no alcanza con decir que el opio es opio: que vale la pena preguntarse cómo droga, para qué, por qué. El fútbol es uno de los grandes inventos de la modernidad, y tiene una curiosa particularidad: podría perfectamente no existir. ¿Te has parado a imaginar, Villoro, un mundo sin fútbol? Los hechos culturales de ese calibre suelen mostrar cierta lógica, cierta necesidad –que los hace más fácilmente comprensibles. Que el espectáculo de los antedichos muchachones haya tomado este carácter de religión mundial era impensable hace cien años –y, por supuesto, casi todo el resto habría sido igual sin eso. Por eso el fútbol es, entre otras cosas, una de las grandes intrigas de la historia cultural del siglo XX. Muchas veces me he hecho la pregunta: ¿por qué el fútbol?

 

Si tenía que ser un deporte, podía haber sido cualquier otro. A fines del siglo XIX, cuando Britania ruleaba los mares y vendía sus costumbres, había varios juegos que podían haber sido. Aquellos mismos barcos llevaron aquí y allá el cricket, el rugby, el remo, el tennis, el hockey, y sin embargo el football les ganó por goleada. Es obvio que, en esos tiempos de constitución de la sociedad moderna, de ruptura de los vínculos tradicionales, un deporte colectivo tenía ventajas sobre los individuales: hay algo muy fuerte en ese modo de sentirse parte, aliado con otros en busca de lo mismo. La sensación de armar algo más importante que uno en esa suma: la última tribu. Y, desde el punto de vista del espectador a punto de convertirse en hincha, es más fácil identificarse con un equipo que sigue siendo el mismo más allá de los cambios de hombres. Pero había otros deportes colectivos que se ofrecían al éxito. El cricket es un plomo intragable pero el rugby, por ejemplo, es muy parecido al football y, sin embargo, se quedó en minorías.

 

El football tiene un par de ventajas: parece menos peligroso, requiere más habilidad y menos fuerza física y sus reglas son más claras: lo entienden incluso los que no lo entienden. Se puede tocar la pelota con todo el cuerpo salvo con la mano, la pelota puede ir en cualquier dirección, cuando alguien la tira afuera un contrario la vuelve a poner en juego, no se puede violentar al contrario; sólo el offside es complicado –pero los partidos informales nunca lo incluyeron– y, en general, pese a su simpleza, ofrece cantidad de situaciones y variantes. Pero siempre creí que la ventaja inicial es que el football es mucho más adaptable: cuatro chicos con una pelota de papel pueden jugar a algo que se parece mucho al football; en cambio el basquet necesita un aro, el beisbol un bate, un guante y un espacio grande, el polo una tropilla, y así de seguido.

 

En el fútbol, además, cualquier chico puede ser un grande: Maradona, el mejor, era un gordito que la mayoría de los deportes habrían descartado antes de que se cambiara. Pero al fútbol pueden jugar todos: el petiso movedizo o el grandote casi torpe, el corredor desenfrenado o la mole que se planta, el más vivo de la clase y el más bobo; si hasta tú y yo hemos jugado alguna vez. El fútbol no es como otros deportes que exigen un físico o un carácter determinados: cada tipo de habilidad tiene su espacio, hay puestos para todos –sólo hay que descubrirse.

 

Se podría hablar mucho –el fútbol se ha convertido en una fuente incontenible de pavadas–, pero la gran diferencia es que el football tiene el goal. En otros deportes colectivos, los equipos hacen muchos tantos: un partido de basquet puede terminar 90 a 85, uno de rugby 35 a 15, uno de volley tres veces 15-13: el momento supremo –el de la conquista– se vuelve, por repetido, un poco pavo. En cambio el gol sucede tan de tanto en tanto que cada vez es única: un gol no es el resultado de la lógica del juego –como en el basquet o el volley o el tenis– sino un azar, una obra extraordinaria, un acto casi mágico. El fútbol, todo el fútbol, es el contagio de la magia del gol: ese momento que no sucede casi nunca y que, al suceder, hace que todo el resto cobre su sentido.

 

El gol es una irregularidad, una excepción extrema –porque el fútbol es fracaso casi siempre. El fútbol ofrece una moraleja que, por suerte, no solemos leer: el 98 por ciento de un partido consiste en intentonas: tentativas fracasadas de aproximación a la única meta decisiva. Una montaña de fracasos y, sin embargo, los jugadores no dejan de intentarlo: eso es el fútbol –pero no lo cuenten: si lo llega a descubrir un cura o un pastor o un novelista malo hacen un desastre. El fútbol es fiasco, desengaño, cabezonería: todo para llegar al gol y el gol no llega.

 

Pero a veces llega –incluso la selección mexicana, recuerdo, ha hecho algún gol alguna vez– y entonces el gol es, también, la consagración de un modo de suponer el mundo: que todo es posible de repente, que no importa el proceso sino ese momento, que uno –su equipo– puede haberse pasado toda la tarde colgado del travesaño y peloteado y que siempre cabe la esperanza del zapatazo salvador. En la vida las cosas no se definen, como en el fútbol, en un instante extraordinario. Van pasando de a poco, se extienden en el tiempo, no son como aquel gol en el último minuto o el penal atajado que termina de sacarte campeón –de una vez, para siempre. No son, tampoco, ese momento en que te embocan, que te ponen, que te rompen el orto, que te empoman, ese segundo de incredulidad en que lo terrible está por suceder pero todavía puede ser que no y el segundo siguiente, cuando la pelota ya está adentro de tu arco, la perplejidad, la desazón que no admite respuestas –no se puede gritar, saltar, desgañitarse–, que te lleva a un segundo de una parálisis perfecta, justo antes de la puteada o la extrema desazón. Ese momento en que lo peor acaba de pasar sin que puedas evitarlo de ninguna manera, en que la amenaza acaba de convertirse en realidad, en que ya está –en que nada puede ser modificado pero, al mismo tiempo, todo es demasiado reciente como para haberlo aceptado todavía. Ese momento de mierda en que te acaban de meter un gol –remember, caro güey, Maxi Rodríguez.

 

O, de nuevo, ese momento extraordinario en que vos lo metés –que tu equipo lo mete. El momento perfecto, el gozo idiota, pura explosión sin pensamiento: el que hizo la diferencia, el que te hace pensar que ojalá la vida fuera como el fútbol. El que hará que, durante un mes glorioso, vaya a ser bastante parecida.

 

Perdona, Villoro, que te haya dado tanta lata. Es que en los viajes hablo poco y me lleno de verba. Prometo, de ahora en más, moderación y pases cortos.

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