Tenía nueve años y estaba en la casa de una amiga y sobre una mesa en el cuarto de sus papas había un libro con dibujitos japoneses. Un libro que debía ser muy caro (las hojas eran más gruesas y brillantes de lo normal) y los dibujitos, de trazo muy fino y con colores claros, eran preciosos. Un libro de lo más llamativo para cualquier niño con dos dedos de frente y algo de curiosidad, pero por las razones equivocadas. En sus páginas, unos tipos con pinta de samuráis penetraban a unas damas absortas en las más extrañas posiciones: de lado, patas arriba, por detrás. Un libro que debía ser de artes marciales (o eso me pareció en un primer momento), solo que sus personajes estaban medio desnudos. Por entre los pliegues de su kimono aparecía una verguita delgada y puntiaguda, parada, todo de lo más elegante, y ellas, también desnudas abrían sus piernas regordetas y se dejaban violar. Debía haber más de 400 imágenes. En unas, las que más me gustaron, los samuráis urgaban las rajitas en sus compañeras, y con la otra mano cargaban una vela -déjenme decirles, que ponían peligrosamente cerca del lugar de sus delicias–  para ver mejor. Todo era tan delicado, tan nuevo, y creo que por primera vez en mi vida sentí que todo se me bajaba y se me mojaba el calzón.
Es sabido que las mujeres leemos más novelas que los hombres (históricamente nos ha quedado más tiempo). Y se dice que a las a mujeres no nos gusta la pornografía (cosa con la que yo no estoy de acuerdo, como quedó claro en la primera columna que escribí para esta revista). Lo que no sabe y no se dice es que a las mujeres nos encanta la literatura y los libros eróticos. Y les digo: para mi son fuente de inspiración (y masturbación). A continuación pongo ante el público un libro que, desde mi punto de vista, se merece el premio mayor, el premio Nobel, si se quiere, de Literatura Erótica. Desafortunadamente, mi querido Marqués, ya era comida de gusanos cuando instauraron el noble galardón.

Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade

A los 17 años, más que comprarlo para leerlo, lo hice para escandalizar. Una profesora me lo había recomendado para un trabajo sobre “la maldad en la literatura” y yo sedienta de conocimiento (y otras cosas) le acepté la recomendación. Recuerdo la cara de mi papá (que siempre me compró todos los libros que quise), cuando al pedirlo en el counter de la Librería Nacional de Unicentro, un librero nos llevó al rincón más alejado del local (algo así como la zona X de Betatonio). “¿Estás segura de que este es el libro?”, me preguntó después de ojearlo un rato. “Si, pa”, dije inocente, pero con plena consciencia de lo que había visto. A los 19 lo empecé  a leer. Y lo dejé: no podía soportar que un gang bang de 20 curas violara a la protagonista, “sacrificaran su incienso en el altar secreto”, y que eso me calentara). A los 23, finalmente, me dañó la cabeza. Desde entonces, lo guardo en mi mesita de noche y lo abro de vez en cuando, sólo en los pasajes que me interesa. Quizá sea el libro más explícito, más profundo, más dañado y mejor escrito (todas estas nobles características son raras de encontrar unidas en un mismo lugar) que se haya escrito sobre sexo. Y mi primera verdadera enseñanza sobre nuestras costumbres sexuales: el sadismo solo es posible en una sociedad católica. Es más, todas las desviaciones sexuales, son producto de esa religión.

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