Recuerdo que en mi casa se contaba esta anécdota: hacia el año 1940 apareció en la primera página de El Colombiano un gran titular con la siguiente noticia: “Se incendió el edificio más alto del mundo”. En pocos minutos masas de medellinenses se aglomeraron alrededor de la Plazuela Nutibara pues todos los ciudadanos querían ver cómo se había quemado el Hotel Nutibara, inaugurado pocos meses antes. Estupefactos, se enojaban con el periódico, por mentiroso, al constatar que el edificio más alto de Medellín seguía intacto. Por eso, al final de la anécdota, aconsejaba siempre mi papá: “Cuando empieces a ver muy alto el edificio de Coltejer, es hora de que empaques las maletas y te vayas a hacer un viaje.”
No hace mucho, en el justificado entusiasmo que siento por la muy buena alcaldía que está haciendo Sergio Fajardo, hice un elogio del clima de Medellín, donde prácticamente terminaba diciendo que mi ciudad tenía el mismo clima que debió de tener el Paraíso hasta la caída de Adán y Eva. Sí, ya era hora de salir de viaje. Por suerte me invitaron a pasar un año en Berlín, y casi sin compromisos.
Ayer, primero de septiembre, llegué. Y hoy, dos, es mi primer día entero en la capital de Alemania que me recibe (aunque sé que la cosa no va a durar) con un clima mejor que el de Medellín: cielo azul, brisa fresca, sábado sin tráfico. Tomo un bus desde mi barrio, Charlottenburg, subo al segundo piso, me siento en la ventanilla de la primera fila, y me dejo ir adonde me lleve. Qué sed de mirar, qué ganas de verlo y conocerlo todo. Dejo pasar una media hora y me bajo en una calle donde veo movimiento. Estoy en otro barrio, Kreuzberg, y entro en un café a desayunar. Pan con mantequilla, aceitunas, carnes frías, café. Me siento en la barra y el joven alemán que está a mi lado, al cabo de un rato, se pone a hablar en español por su teléfono celular. Le pongo conversación y me explica que cada barrio de Berlín es como un pueblo, cada cual con sus propias características. Me dice que la ciudad es tan fascinante porque no hay todavía un verdadero Establecimiento que la domine. Casi todo el mundo viene de afuera, y es la capital que más se mueve de toda Europa, porque está en construcción, más aún, en ebullición. Como el desempleo es tan alto (casi del 30% en algunos barrios), es también la capital menos cara de Europa.
Al salir del café veo que al lado hay un almacén de bicicletas. El clima perfecto y el consejo de mi querido amigo hispano-alemán Ricardo Bada, que vive en Colonia, me impulsan a entrar. Pregunto si venden bicicletas de segunda mano. No, dicen, pero un cliente va a comprar una nueva y quiere deshacerse de la vieja. Ahí está. En dos minutos está hecho el negocio. Compro también un casco y una canasta para poner ahí el pan, las botellas y las frutas. Pregunto cómo volver a Chalottenburg y me dicen que me vaya por la orilla del río, el Spree, y que más adelante pregunte. Montar en bicicleta en un día soleado y sin calor, como este, es una cosa muy parecida a la felicidad. No tengo que preguntar mucho para volver al apartamento que me concede, como parte de la beca, el DAAD de Berlín, es decir, el Deutscher Akademischer Austauschdienst (Servicio de intercambio académico alemán). Antes, compro cerveza, cerezas, queso, pan y jamón.
Al llegar, para celebrar, pongo las variaciones Goldberg, de Johann Sebastián Bach, que es una de los trozos de música más sublimes que se han producido sobre la Tierra. Almuerzo. Ahora escribo. Después seguiré leyendo las Conversaciones con Goethe en los últimos días de su vida, de Eckermann. Así como oigo música alemana, también quiero leer literatura alemana. En este gran libro de Eckermann, hasta donde voy, se dicen dos cosas interesantes sobre Berlín: “En Berlín se pueden aprender y desaprender muchas cosas.” Espero que esto se cumpla. Yo, por lo menos, intentaré aprender alemán aunque para lograrlo tenga que desaprender el inglés. Y más adelante dice, refiriéndose a un tal Zelter: “No hay que olvidar que ha pasado más de medio siglo en Berlín. Todos los indicios me llevan a pensar que allí se junta una casta tan temeraria que no se puede llegar muy lejos con una actitud delicada. Antes bien, conviene no tener pelos en la lengua y mostrarse un poco rudo de vez en cuando a fin de mantenerse a flote.” Desde 1823, cuando se escribió lo anterior, hasta hoy, han pasado no sólo dos siglos, sino muchas cosas. La ciudad fue destruida y estuvo casi medio siglo dividida. Ahora es una ciudad en pleno renacimiento, más parecida, tal vez, a la que encontró Canetti entre las dos guerras mundiales, cuando pasó algunos años aquí, fascinado. ¿Seguirá siendo verdad eso de que hay que mostrarse un poco rudo de vez en cuando a fin de mantenerse a flote? Espero que no.
Pongo unas sonatas para chelo de Brahms, le doy un sorbo a mi Flensburger Pilsener ("amarguita, como la vida", así la vida sea dulce hoy). Están tan lejos Colombia, sus militares, sus curas, sus políticos, sus horrendas telenovelas, sus mafiosos y paracos perdonados, están tan lejos los que quiero y los que me odian. Empezar una nueva vida da una maravillosa sensación de libertad. Este primer sábado de mi vida en Berlín se parece mucho a la felicidad.

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