Virginia A. McHugh nació en marzo de 1929 en Bogota (prenúnciese bogóura), un suburbio de New Jersey de nueve mil habitantes que debe su nombre a la familia Bogert, una de las primeras en poblar el sector a finales del siglo XIX. Allí Virginia fue a la universidad, se casó con un farmacéutico, y dedicó el resto de su vida a criar a sus 4 hijos y a viajar regularmente con su marido, John M. McHugh. Poco después de haberse casado, en el 53, John le regaló a Virgina una valija de cuero rojo marca Samsonite que hoy está a la venta por 49 dólares en Junk, una tienda de artefactos de segunda mano que más que un mercado de pulgas, una bodega o un depósito, es un sitio de culto, un homenaje a las cosas que ya no sirven, un museo de la basura.

Ver a un indigente dormido en una silla reclinomática en buen estado en la mitad de la calle no es un evento extraordinario en Nueva York. Al contrario: ver a la gente botar las cosas que ya no usa sin importar el estado en que estén es sorprendentemente normal. Ver, entonces, una estantería en perfecto estado el frente de un edificio no es solo una anomalía. Es una oportunidad.

Mucha gente se aprovecha de que la gente bota las cosas y arma su casa a punta de recoger lámparas, colchones, comedores y cuadros de un paisaje impresionista con un graffiti encima que dice “Out of Order”. Pero nadie, hasta ahora, hasta que Ellen Baranoff lo dio por armar Junk, había consolidado una tienda de baratijas y rarezas que, por insólitas, pierden practicidad y ganan sensibilidad. Esto es, de nuevo, una exhibición de basura.

“La basura de un hombre es el tesoro de otro hombre. Pero la basura de Nueva York, bueno, eso es arte”, dice el slogan de NYC Garbage, la compañía de Justin Gignac, un artista que en el 2001 empezó a enfrascar negativos, pedazos de cinta, cuerdas, escarapelas y platos usados en unos cubos de plástico transparente que hoy están en muchos de los escritorios de la oficinas más pijas del West Village. La basura y Nueva York son como hermanos, sobre todo si pensamos que en el 2001 cerraron el basurero más grande del mundo en Staten Island, el Fresh Kills Landfill, por falta de medidas preventivas. La basura en Nueva York sirve y es bella.

Y por eso Junk es un sitio excepcional. Porque así Baranoff, de 68 años, parezca restarle relevancia a su establecimiento, el trabajo que hizo en los últimos 25 años, recopilando este mar de artilugios aparentemente inútiles, es increíble. Dice ella que la manera como lo hizo es un secreto, que la tienda que cerró hace 4 años para abrir esta era más pequeña, y que su objetivo en la vida no es ser famosa. Pero es evidente que la recolección es producto de mucho caminar y recoger alrededor de Nueva York. Ellen es, en otras palabras, una recicladora con clase.

De ahí que en Junk, una tienda de al menos una hectárea de grande, se encuentre lo inimaginable en grandes cantidades. Es decir, un retrato gigante del 53 con un señor de bigote en un marco de carey (49 dólares); un plato enorme lleno de botones ($0.75 centavos c/u); un acetato del primer disco de The Velvet Underground, The Velvet Underground & Nico ($23); un VHS de aeróbicos con Cindy Crawford ($1); un muñeco de Tasmania ($0.75); un tenedor de plata ($2); un butaco forrado en charol plateado con escarcha ($40); una lámpara en forma de elefante ($50); una maleta de cuero violeta marca Lady Baltimore ($25); una máquina de escribir de 1954 marca Olivetti Underworld ($56); una edición del 38 de la enciclopedia de química del Smithsonian ($125); una televisión del 57 marca Admiral ($60); un cuadro de la cerveza Blue Ribbon con luz de neón incorporada ($90).

La mayoría de los comentarios que se encuentran en Internet sobre Junk critican sus altos precios. “Me estafaron y la dueña es una perra; me cobró 40 dólares por una mesa noche de juguete que no tenía una pata”, dice Christipher D, de Long Island City. ¿Acaso la basura tiene precio? Virginia A. McHugh, hoy una anciana de 80 años que pasa sus días, todavía en Bogota, entre la iglesia y unas terapias para su cadera artificial, piensa que 50 dólares es un regalo para lo que significa esa maleta roja Samsonite que le regaló su esposo John hace 56 años. Le pregunté si quería que comprara la maleta y se la llevara, pero ella no quiere que la maleta se muera con ella dentro de 10 años. Prefiere, más bien, que “un joven de Williamsburg la use para llevar sus utensilios para pintar”. “La basura —dice— es el símbolo que nos identifica como seres humanos”.

* Publicado en Revista Exclama




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