Por Diego Salazar
 

Queridos León y Pablo,

Aunque no nos conocemos, esa hermosa sin razón que llamamos fútbol nos ha convertido desde ya en enemigos irreconciliables (al menos hasta que comience la Liga, y León y yo volvamos a suspirar por Messi, Xavi, Iniesta y, esperen que me caigo de la villa, digo silla, digo Villa). No se lo tomen a mal, no es nada personal, oh oh, nada personal, que cantaba el pobre Gustavo Cerati. He visto que uno ha echado a rodar el balón y el otro ha lanzado el primer contragolpe en este campo de hierba virtual que nos ofrece Letras Libres. Uno a favor de Holanda y el otro de Inglaterra. Lo siento, no saben bien cuán equivocados están.
 

Empezaré por Holanda. Holanda, ¿en realidad hace falta argumentar por qué Holanda no ganará el Mundial? Lo dudo mucho, querido León. Si la Naranja Mecánica de Cruyff y la Holanda de ese trío de ases que eran Van Basten, Gullit y Rijkaard fueron incapaces, no veo cómo la Holanda de Sneijder, Van Persie y Robben pueda enmendarles la plana. Para empezar, Sneijder no cuenta con papá Mourinho en el banquillo (único entrenador que ha sido capaz de centrarlo, hacerle comprender lo importante que puede ser para su equipo y, más importante aún, hacerlo campeón), Van Persie es ya famoso por desaparecer en los momentos importantes, y Robben, el bueno de Robben, todavía está por ver que la rodilla, pantorrilla, cadera, hombro, codo, muñeca o, esta vez, muslo izquierdo le permitan, finalmente, demostrar por qué todos seguimos esperando que se convierta en ese jugador con que todos empezamos a soñar en la Eurocopa del 2004.
 

Inglaterra, por el contrario, es (o tiene aspecto de, más bien) un equipo serio, fiable, de los que le gustan a Fabio Cabello. Pero todos sabemos que los equipos serios y fiables se cruzan con Brasil o Alemania en cuartos de final y se regresan a casa. Hace falta un poco de magia (y muchísima suerte). Esa magia puede aportarla Wayne Rooney, pero esa es sólo una de las dos caras de la moneda, como bien cuenta ese anuncio de Nike dirigido por González Iñárritu.
 


 
La duda está ahí y se despejará en nada. Tanto Holanda como Inglaterra deben demostrar todavía que son capaces de sobreponerse a su historia y a las muchas dudas que su juego suscita, y como bien sabemos, el Mundial no suele ser la plaza propicia para que un conjunto sin galones decida dar un golpe sobre la mesa.


España ya lo dio. En una competición un peldaño menor, pero ya lo dio. No se limitó a ser campeón, sino que venció la maldición de los cuartos final, contra Italia y por penales (tres maleficios de un tiro). Y posteriormente, se atrevió a contradecir al enorme Gary Lineker y su “…al final siempre gana Alemania”.
 

España, qué duda cabe, es la gran favorita. No lo digo yo, lo dicen las encuestas; las casas de apuestas; los videojuegos y hasta la prensa inglesa, tan reacia a reconocerle méritos al fútbol ibérico. Por una vez, buena parte del mundo futbolero parece estar de acuerdo en que el milagro puede cumplirse y el mejor –no el más artero, el más calculador o el más mañoso sino el mejor– puede ganarlo todo. Porque imagino que queda fuera de la discusión que no hay nadie que haga mejor fútbol que España, ¿o me equivoco?
 

Por una vez, la favorita despierta simpatías en todas partes, porque ¿acaso hay forma de no simpatizar con un equipo cuyas caras visibles son Iker Casillas, Xavi, David Villa y Fernando Torres? Y por primera vez, España, esa selección hasta hace dos días (o dos años) llena de dudas y triste depositaria del fervor más bien tibio de sus compatriotas, se muestra segura, exigente consigo misma y, quizá más importante, apoyada unánimemente por el país al que representa. Ese mismo país que el resto del año se divide en dos (Real Madrid-Barcelona), al que algunos quieren dividir en tres o en diecisiete, pero que de un tiempo a estar parte celebra unido los triunfos de Rafa Nadal, Pau Gasol, Alberto Contador y La Roja.
 

Si no, miren:

 


Y lo dejo aquí por hoy, nos queda un gran mes y muchas discusiones por delante.


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