Por Juan Villoro

Pase a Caparrós: 

Estabas en Zambia cuando llegaste a Sudáfrica. La frase revela que no soy como Higuaín: carezco de nociones geográficas. En estos momentos me encuentro perdido en México. Si tus oídos nómadas fueron aturdidos por las vuvuzelas, yo te escribo al compás de las trompetas de Coyoacán. México le ganó a Francia y el júbilo es de fin de mundo. Debemos disfrutar esta alegría porque no sabemos cuándo llegará otra. Lo que quede de tequila, se acabará hoy. 

¿Aprovechará el gobierno para hacer una maniobra al cobijo del festejo popular? ¿La Suprema Corte de Justicia archivará sus casos más urgentes? “¿Es demasiado paranoico pensar eso?”, le pregunté a un amigo. Se rascó el pelo y me contestó con la alegría de Nietzsche: “En México ser sensato es paranoico”. 

Otro ruido de fondo se agrega a este párrafo: un helicóptero sobrevuela la zona. 

¿Qué ganamos cuando ganamos un partido? Los mexicanos sólo tenemos una respuesta: todo. No hay posibilidad de cucharada pequeña o dosis media porque la victoria llega a nosotros como un talismán irrepetible. Francia es un equipo de prejubilados que discuten entre sí como existencialistas dignos de mejor causa y son entrenados por un astrólogo que parece tener pelo de alquiler (¿compró una peluca en el estadio y la destiñó por un perverso afán?). La verdad sea dicha, el partido no fue espectacular. Francia promulgó los Derechos del Hombre para respetar los de los perros; esta nación amante de las mascotas no se acercó una sola vez a la madriguera del Conejo, nuestro arquero. 

Anotamos un gol al filo del fuera de lugar y otro de penalti, pero merecíamos ganar. Por una vez los jugadores hicieron casi tanto esfuerzo como los aficionados en el estadio. La gente de penacho, collares de chiles serranos, pebeteros con incienso, sombreros de ala extragrande, cananas de Pancho Villa y máscaras de luchadores merece un equipo aún más contundente. Se habla de 20 mil mexicanos en las tribunas, lo cual podría crear la falsa idea de que en estas tierras sobra el dinero. Lo que sobra es la ilusión: de que gane México y de poder pagar la tarjeta de crédito. 

Cuauhtémoc Blanco ejecutó el penalti con eminencia y se convirtió en el primer mexicano que anota en tres Mundiales. Su nombre de último emperador azteca confirma lo que es en el campo. Hubiera anotado en cuatro Mundiales, pero La Volpe –tirano sin brújula que tú padeciste en Boca Juniors– lo excluyó de la selección en Alemania 2006. 

Al estruendo que me rodea se agregan los cláxones de los coches. La victoria se ha convertido en un cortejo automotriz. Gómez de la Serna dijo que el claxon es la “gran máquina de moler nuestra atención”. No conocía a los mexicanos. El claxon es nuestra manera primitiva de citar El laberinto de la soledad. Su rítmico clamor significa: “No tengo miedo de mostrarme y estoy orgulloso de mis raíces; al fin soy contemporáneo de todos los hombres, al menos de los que no van a pie o en bicicleta.” 

La alegría argentina se basa en otras fórmulas: cuatro goles contra Corea del Sur, en los que Messi participó de algún modo. Desde el punto de vista emocional, lo más interesante ocurrió al final del partido. Maradona ha decidido entrenar con abrazos. No es un teórico ni un estratega; es la primera leyenda que trata de heredar su aura. Se ha reinventado más veces que Fantomas, pero nadie esperaba verlo con una barba de pope de la iglesia ortodoxa y un rosario o collar de la suerte en el puño izquierdo, vestido de traje, sin hacer gesto alguno. No parece pensar en sustituir a un jugador, sino meditar en el sentido del cosmos, o por lo menos del césped. Esta mística contención se rompe con el silbatazo final. Hoy le dedicó el abrazo más largo a Jonás Rodríguez, que se perderá el siguiente partido, y volvió a aupar a Messi, con el cariño que el celoso Zeus nunca le propinó a sus favoritos. 

Alguna vez escribiste que te tocó vivir el cambio generacional en que los hombres comenzaron a saludarse de beso en Argentina. Maradona le ha dado sentido épico a esta desprejuiciada costumbre. Dios besa a los héroes fatigados. ¿Es eso un tango o sólo es mitología?

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