Por Martín Caparrós

Cortada a Villoro:

Hoy, aquí, caro güey, fue un día curioso: muchos deseábamos que sucediera algo que después, si sucedía, lamentaríamos una pizca. Las relaciones familiares son confusas: todos queremos que el primo Alfredo apruebe ese último examen; a todos nos duele que él sí sea doctor. Los argentinos queríamos, por supuesto, que ganara Uruguay.

Tú lo pediste ayer y los dioses del fútbol, de puro aburridos, decidieron complacerte: “un 3 a 2 con empate de calambre y voltereta final”. Aquí calambres se presumían bastantes, y la voltereta final fue ese último tiro de Forlán en el travesaño –que le pidió a Uruguay lo que Uruguay le quedaba debiendo desde Ghana. El partido, es cierto, fue lluvioso. Tenìa que serlo: ni Alemania ni Uruguay juegan al fútbol. Alemania lo trabaja, Uruguay lo lucha. La paga de hoy, parece, no estaba a la altura de la Siemens, así que der Arbeiter se tomaron el sábado. Para los charrúas, en cambio, ese tercer puesto que todos miran con desdén era más premio que el cuarto y lo intentaron. Era curioso ver ese choque de –tan distintos– poderes: unos que se desgañitaban para conseguir algo que los otros casi no querían pero terminaron consiguiendo porque los uruguayos le debían a su melancolía constitutiva un arquero mariposa y un pelotazo en pleno palo, el mito de la derrota con esfuerzo.

Uruguay se llevó, de todos modos, el mejor puesto sudamericano. Que consiguiera salir cuarto del mundo ganando tres partidos –México, Sudáfrica, Corea–, empatando dos –Francia y Ghana– y perdiendo los dos serios es otra muestra de que nada es absoluto –y menos un Mundial. Igual, más allá de pavadas, te confieso que grité sus goles, y que me gusta mucho que vuelvan al ruedo: son un gran valor, un clásico de lo que cierta derecha llama fútbol de derecha.

–La filosofía del fútbol es un invento argentino.

Me dijo, hace años, el español Manuel Vázquez Montalbán, cronista enorme, cuyo nombre tú tienes, si no recuerdo mal, grabado en algún premio. Y después descubrí que lo había escrito en un artículo donde citaba a Valdano, Menotti, Cappa, Galeano, y decía que “estos teóricos han intentado incluso definir lo que es un fútbol de izquierda y un fútbol de derechas. Si les creemos, esta distinción existe y es bien bonita. Así, Jorge Valdano afirma que ‘el fútbol creativo es de izquierdas, mientras que el fútbol de pura fuerza, marrullero y brutal es de derechas’”. Según esa definición perfectamente dandy, el fútbol uruguayo es la quintaesencia del fascio pelotero. O, dicho de otro modo: en el fútbol de mercado global pueden practicar el fútbol de izquierdas según Jorge Valdano los que tienen –como él– dinero suficiente para comprar los jugadores más brishosos, y están condenado al de derechas los que deben yugarla con lo que hay. A los países les pasaría lo mismo: pueden jugar de izquierdas los Brasiles o Argentinas o Españas que producen virtuosos, y los demás a marchar sobre Roma con las camisas negras. Una vez más, los ricos son de izquierda, los pobres de derecha –como sucede, para nuestra desgracia y la de ellos, demasiado.

Nos estamos yendo. Mañana a esta hora todo se habrá terminado una vez más. Una de las cosas que no me gustan del fútbol es que, en su mundo, las incertidumbres duran demasiado poco. Cuentan que a Chou Enlai, jerarca comunista y chino, le preguntaron en 1965 qué opinaba de la revolución francesa de 1789.

–Todavía es muy pronto para saber.

Dicen que dijo.

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