En realidad no nos importa quién gane, quién se lo merezca, quién vaya ganando según las casas de apuestas o qué piense la revista Arcada sobre el galardonado. Lo que sabemos es que, a falta de otras noticias, los periodoncistas culturales le dan la primera plana a quien quiera que sea ese señor o señora, generalmente exótico, que se ganó el Nobel de Literatura. Un tipo al que nadie en Colombia ha leído –salvo, quizás, Marianne Pond’s o Marta Ruiz, que presumen de haber leído hasta lo más underground de Uzbequistán–.

Sin embargo, todos los Kikes Patiño dirán que saben un montón sobre el ganador gracias a Wikipedia. Por eso, esta noche del 6 de octubre, La Bobada Literaria se anticipa varias horas a todos los medios del mundo con un sesudo perfil del ganador del Nobel. Sólo hace falta llenar el espacio con su nombre y su libro más vendido –libro del que, obligatoriamente, estarán hablando todos los intelectuales dentro de un mes–. Si ustedes, bobos lectores, quieren publicar esto en sus propios medios, completen la plantilla y pongan al final del artículo el crédito “con información de LBL” (para que suene a agencia periodística), así se ahorrarán tener que entrevistar a Juan Manuel Roca Dura o a Andrés Hoyos y ni siquiera les va a tocar leer el único libro del que todos van a hablar.

Hagan la prueba con el autor que quieran: googleen a Cormac McCarthy, cualquiera de los Murakamis, de los ex secuestrados o Ngugi wa Thiong'o –el primo hermano de Koyi K Utho– y rellenen los espacios. Esta plantilla no falla: ya ha sido probada con éxito en Arcada y mañana saldrá publicada en El Tiempo . No se dejen ganar de Juan Gustavo Bobo Gorda: ustedes también pueden presumir, con suficiencia, de haber leído al próximo Nobel "antes de que le dieran el premio".

Un Nobel fuera de lo común

A diferencia de Oscar Wilde, [el autor] lo dejó todo, no por un hombre sino para salvarse a sí mismo. Toda su vida ha insistido en que no es un escritor mediático. Pero los lectores han decidido ignorar sus reclamos. Hacen bien.

[el autor] es todo menos adorable. Es inteligente como pocos. Radical toda su vida, y un escritor que no le hace concesiones al lector. Es difícil salir ileso, por ejemplo, de [su libro más vendido]. Un libro injustamente encasillado como parte de la literatura marginal, cuando en realidad se trata de un escrito devastador sobre los dilemas más profundos de su generación y [su nación]. La búsqueda de experiencias psíquicas, que rompieran las barreras de las emociones y del pensamiento. El [tema que diga Wikipedia de su libro más vendido] y sus abusos. La estética como una necesidad vital, la de romper los cánones literarios y deshacer las estructuras conocidas. Y esa sensación un poco existencial que dejó la posguerra.

En todos estos temas, [el autor] se adelantó a su época. Su compromiso político se complementa con su visión de esas órbitas diversas y a veces divergentes en las que gravitan los sentimientos de los hombres y las mujeres. Y el delirio. Sus libros parecen un círculo vicioso de masoquismo y desesperación. Pero que el lector, por alguna razón magnética, no puede abandonar.

Es curioso, sin embargo, que se hable tanto de que [el autor] es parte de la literatura marginal. Aunque sus libros han sido llevados al cine, al teatro y a la televisión y han sido elogiados por diferentes medios, él sigue rechazando las entrevistas y cuestionando la exposición mediática. Pero no es una confrontación panfletaria. Más bien los cuestiona como ser humano. Como individuo.

A diferencia de mucha literatura llamada marginal, [su libro más vendido] no es un libro fácil. Sus lectores se dividen en dos: los que no pasan de la página 5 –y su edición más breve tiene 987– y los que sienten que les cambió la vida. El libro es, literalmente, un laberinto que parece sucumbir ante la necesidad de subvertir la estructura. Pero una vez uno tiene agarrados todos los hilos de la narrativa y puede navegar en sus páginas, siguiendo las mareas de sus personajes, puede tener esa sensación fascinante que pocas veces se alcanza: la de que está frente a una obra monumental. Tanto, que al cerrar la última página, uno siente deseos de volver a empezar. Como si la vida propia y las de los que pasan por [el libro] se hubiesen unido. [el autor] dice que planeó esta obra como un ejercicio racional, pero que al final es quizás el más emocional de todos sus escritos. Casi catártico.

Muchos criticaron a la academia por haberle dado el Nobel a [el autor] por ser [del país donde nació o escribió su obra]. Pero la Academia hace [número de años] no premiaba a un autor de lengua [idioma en que escribe el autor]. Sólo por [su libro menos conocido, para parecer más entendido], el premio es justo. Al igual que Cien años de soledad, nadie puede decir que el libro es sobre un solo tema, ni que cuenta una sola historia. Son ambos, parafraseando a Borges, una especie de Aleph. Un objeto a través del cual se pueden ver todas las dimensiones del corazón humano, puestas en una época, en una geografía y en una cultura determinada. Es decir, arte verdadero.

Enhorabuena para la Academia. Sólo resta esperar que, tras el aluvión de entrevistas y el acoso de los medios, [el autor] pueda volver a su hogar de [ciudad de residencia] para concentrarse en revelarnos las profundidades del alma humana, los vericuetos del deseo y las distancias abismales de las relaciones, como lo ha hecho de forma magistral desde que publicó [título del primer libro, según Wikipedia], esa primera pieza de un rompecabezas de la sensibilidad que con tanto esmero ha construido a lo largo de sus [número de libros] imprescindibles obras.

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