Estoy entre 0,2% de las mujeres en edad de merecer. Al menos eso parece. Al menos en parte. Al menos según Juanita Kremer, La Gallinita, que acaba de abrir las puertas de su gallinero con “Cuatro cosas que no debe hacer un hombre luego de la primera vez” (ver SoHo 102).

En parte, porque estoy de acuerdo con eso de evitar las llamaditas de medianoche de la exnovia. (Juanita, yo también he vivido esas escenas, sufro de imaginación post-polvo, entiendo y sé que no es la mamá, ni un amigo, ni otra vieja. Es la exnovia). Estoy parcialmente de acuerdo con que el tema del aseo es fundamental. Parcialmente, porque en el sexo los límites de la aseo y el desaseo no son fáciles de establecer, sino díganme, ¿que hacer con el sudor? (Esperar futura columna sobre el asunto). Y lo de la cucharita… Está bien, lo concedo: porque aunque para mí es manía, un prerrequisito para dejar que un extraño se meta (y se quede) en mi cama, hay personajes a quienes el asunto simplemente no se les da, bien sea por tamaño (son demasiado pequeños), por talento (no saben quedarse quietos, como lo exige la milenaria posición), o por malformaciones sino congénitas, circunstanciales (un brazo siempre les termina sobrando).

Pero lo que me sitúa en el privilegiado lugar del 0,2% de las mujeres en edad de merecer o con el merecido gusto por tirar, es el placer innegociable que me produce ver el cuerpo de un hombre desnudo. Y digo innegociable, porque puede ser la primera vez, la última o después del polvo nuestro de todos los días, pero siempre (¡siempre! y sin miedo a generalizar) el cuerpo de un hombre desnudo es excitante: el cuerpo de un hombre desnudo a media luz, en la plena luz del día, en la cocina sirviéndose un vaso de agua, en el baño lavándose los dientes. El cuerpo desnudo de un hombre con el pipi parado o flácido –agradezcan queridos Tino y Juan del Mar, no oirán comentarios así todos los días–, el cuerpo desnudo de un hombre sucio o recién bañado. No importa, un hombre que se pavonea desnudo por toda la casa cual gallo en su gallinero, la forma como se mueve revela como ve el sexo, se acerca al sexo y a su mujer. Y nada (¡nada!) es más excitante que un hombre seguro de sí mismo y de su desnudez, nada que merezca ser acogido en nuestras entrañas, aunque sea para no volver al otro día.

Estamos acostumbrados (y acostumbradas, no por corrección política, sino porque las mismas mujeres somos tercas queriendo monopolizar eso de que nuestros cuerpos son esculturales) a que el cuerpo de la mujer es bello, digno de mostrar. La historia, sin embargo, demuestra lo contrario. Al lado de la Venus de Milo está el David de Miguel Ángel ¡tan portentoso, tan arrogante y con un pipi tan flácido y chiquito! Yo voy por los hombres desnudos –Tino y Juan del Mar, de nuevo, por favor–, yo voy porque los hombres vayan por la vida desnuditos y vulnerables, como debe ser.

Juanita querida dales una oportunidad. Muchas veces no saben lo que hacen, pero cuando saben, saben que la cosa es empelotos.
 
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