El metro es la mejor evidencia de la diversidad de la ciudad. Un rabino junto a un sunita al lado de un tejano amigo de un chino hablando español con un indio en la misma silla de un escandinavo. Todos viven en la misma ciudad, todos van leyendo un periódico en un idioma distinto, y todos se preocupan por problemas no solo diferentes, sino opuestos, que incluso se interponen entre sí y dan lugar a cosas como, bueno, el mundo. Eso es Nueva York: una ciudad de distintos caminos interpuestos.

Por eso voy tranquilo en el metro. Estoy, al fin y al cabo, en la ciudad. Hoy, sin embargo, el tren se hace cada vez más homogéneo: a medida que avanza de estación en estación, soy cada vez más mosco en leche. La diversidad se va opacando, hasta que me encuentro solo en medio de una población concreta, la población que aquí llaman Africano-americana, la población negra. Al bajarse personas en vestido con periódico en mano, se suben grupos de 6 o 7 negros raperos de 2 metros de altura con una botella envuelta en papel periódico en la mano. Yo, angustiado, me escondo en mi libro. Voy camino a Crown Heights, en Brooklyn, algo al sur de Bedford-Stuyvesant, lugar del que habla la ya citada en este blog joya de Spike Lee Do The Right Thing. Se trata del corazón negro de Brooklyn, donde los blancos poco son encontrados y aceptados. Harlem y The Bronx son otros dos reconocidos barrios de población negra, mucho más mezclados con las poblaciones latinas y musulmanas. Acá en Brooklyn, un mestizo como yo salta a la vista. Y por eso ya no voy tranquilo en el metro.

Salgo de la estación y me encuentro en la calle Winthrop con Nostrand; lo mismo a estar en la mitad de un bosque infinito. Tensión. No tengo idea de norte ni sur. Así que pregunto. Levon, un morenazo con la camiseta de la Banda Sonora de Rush Hour 2, tenis grandes con la suela por fuera, de unos 23 años y cachucha de medio lado, me indica amablemente que el parque al que voy está a tres cuadras a la derecha. Como él también va para allá, me dice que lo siga. Faltando una cuadra, me dice que siga solo, que él va a comprar cigarrillos. Yo, ingenuo como nadie, prosigo mientras pienso que si salgo corriendo puedo ofenderlo, y que si sigo tranquilo me va a atracar.

Llego al parque y de repente mis pulsaciones no solo se restablecen, se relajan. Se trata del Martin Luther King Concert Series, un evento (sí, de negros)pacífico hasta las entrañas, lleno de amor y honestidad, que reúne diferentes músicos negros para rendir tributo a la comunidad con su música más legendaria, el soul. Citemosal legendario Jimmy Rabbitte, manager de The Commitments:

 

El soul es la música que la gente entiende. Claro que es básica y simple. Pero es algo diferente. Porque es honesta. No se enreda. Enfoca su cabeza directo desde el corazón. Obvio que hay música que te puede gustar, pero el soul va más allá del gusto. Te lleva a otro lugar. Te coge de la pelotas y te alza encima del escombro.

El irlandés tiene razón. Acá la gente cierra los ojos,agacha el cuerpo, alza una mano y canta con una pasión que sale de lo más profundo de sus médulas. Todos, niños y viejos, se saben —y cantan con un instintivo ritmo— todas las canciones que han oído y seguirán oyendo generación tras generación, interpretadas por cuanto artista salga al ruedo. Let’s Get It On, Let’s Stay Together, Sexual Healing, My Girlo What’s Going On, son los clásicos que hace un tiempo interpretaban Aretha Franklin, Al Green, The Temptations o Marvin Gay, y hoy, acá en Brooklyn, en una cancha de béisbol convertida en escenario, al frente de 5.000 Africo-americanos y un bogotano, The O’Jays y The New Stylistics entonan en una noche de no más de 20 grados, en la que la familiaridad es fresca, auténtica y, como decía Jimmy, honesta.

Jenell —una señora de no menos de 60 años, de peinado afro, pulseras de plata hasta los codos, vestido de zebra; de piel seca y lisa— me pregunta por qué carajos estoy allá. Se ven uno que otro blanco, sí, pero son todos blancos que hablan como negro y hacen parte de la comunidad. Yo le contesto que soy un simple turista interesado en su cultura. Ella, que ha estado parada fumando y bailando el concierto entero, que se sabe todas las canciones y sonríe a todo desconocido, me recomienda el próximo concierto de soul en Brooklyn: The Brooklyn Soul Festival, el 28 de agosto, donde se presentarán Barbara Lynny Otis Clay, entre otros.

Mientras espero el tren, Quenton Richard, un viejo arrugado con camiseta de Obama, me entrega una Biblia y me dice que el presidente es un enviado de Dios que ha venido a salvar a su comunidad (recordemos: el soul viene del Gospel). Lo mismo dice de Michael Jackson (recordemos: MJ era negro). Me dice que debo estudiar, que no debo consumir drogas ni maltratar a mi padres. Yo le doy las gracias, abro mi libro y vuelvo al caos de Manhattan pensado que si bien los negros tuvieron que sufrir mucho en este país, hoy ya son una comunidad superada que no debe ser estigmatizada; me doy cuenta, mientras leo sinponer atención, que parte de la superación de esta colectividad que votó 99% por Obama es gracias al sabor que resulta tener, ese que cierra los ojos, aprieta una mano, se agacha y canta con ritmo y desde el corazón la música más sincera que haya podido oír este país.

Como por ejemplo:

 

 

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