Hay un restaurante en el segundo piso de un edificio cualquiera sobre la Primera Avenida con Calle Séptima. Se llama Panna II Garden Indian Restaurant y es un auténtico ejemplo de lo que se ve en el East Village. El sitio, decorado (o, bueno, forrado) con millones de bombillos rojos, amarillos y azules que la gente llama lámparas de pimentón (o, bueno, chili pepper lights), resalta a la vista desde lejos. Y se ve encantador. Usted sube las escaleras y ve que está repleto. Cosa que lo hala. Y se siente dentro de un árbol de navidad gigante y exageradamente cursi. O dentro de un película de Bollywood. Después mira la carta y ve que los precios son amables y que, muy importante, tiene la posibilidad de llevar su propio trago sin que le cobren. Vuelve y baja y compra una botella de Pinot blanco en la licorera de la esquina por quince dólares. Regresa. Y entra al restaurante con los ojos cerrados, como si fuera a comer gratis en un lugar dotado de increíble hermosura. Hay un especial de entrada, sopa, plato fuerte y postre por trece dólares. Usted lo pide.

Y empieza a sufrir.

¿Qué es? No importa: sea carne, pollo o cerdo, siempre le va a llegar embadurnado en la misma salsa curry acompañado del mismo arroz seco y de la misma ensalada de mango. Y la misma pita cauchuda. El sitio, que no tiene más de 15 metros cuadrados, es como una manifestación pública en un país tercer mundista donde el desorden es el orden y donde la bulla es el silencio. Es decir, en ese espacio minúsculo 20 meseros que no hablan inglés embuten 15 mesas: unas de 4 y otras de 6 personas. No hay para 2. Los señores no solo lo tratan mal. Lo humillan, lo hacen sentir como la peor cucaracha de la alcantarilla, como el terrorista más malo de Guantánamo, como un ser humano que no merece vivir. Porque no solo lo insultan. Le pegan. Le llevan la comida desenfrenadamente. La tiran sobre la mesa, se gritan entre ellos, trasladan mesas, alzan sillas, y como el sitio es diminuto, su mesa está permanentemente en movimiento. Usted entra y sale en veinte minutos. Y ni que le dé por disfrutar su última copa. Que ni se le ocurra semejante atrocidad. No crea que ese último Pinot va a poder ser disfrutado. No. Porque, si no, un indio de cuarenta años y mano firme que suda del estrés le va a decir que hay gente esperando afuera, que no sea abusivo, que se tome su vino en las escaleras. No piense en pedir la cuenta, tampoco, porque cuando le sirven el helado de mango su cuenta ya lleva un par de minutos sobre la mesa. Y tiene que dar propina. Uno en este sitio no tiene tiempo ni de hablar. En un abrir y cerrar de ojos, no se da cuenta a qué horas comió. Y es, paradójicamente, una experiencia que va a querer repetir. Uno diría que los tipos creen que el negocio es cobrar poco, ser rápidos y meter la mayor cantidad de gente posible en el menor tiempo posible. Pero del afán que les genera su objetivo, lo tratan como si fuera el asesino de su madre. Y uno igual quiere volver. Porque a usted le gusta que lo traten mal sin eufemismos. Porque, al fin y al cabo, es una mera dosis de honestidad.

Si le queda gustando y no quiere repetir, vaya al sitio de al lado, Milon, la competencia que queda en la puerta de al lado y consiste en precisamente la misma cosa. Así como el Royal Indian Restaurant, otro establecimiento que queda en el piso de abajo y es, de nuevo, una fotocopia de los anteriores: un comedor abigarrado donde usted paga poco para ser maltratado y comer feo. Y le gusta.

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