Por Juan Villoro

 

Pase a Caparrós:

En el futbol México sirve de estímulo a Argentina. Quizá se nos pasó la mano porque ante Alemania la albiceleste salió muy relajada. ¿Alguien entiende la psicología en la hierba?. Antes del juego, la confianza estaba del lado argentino: cuatro victorias solventes. Pero las tragedias son el tónico del Sturm und Drang. ¿Qué pasa cuando el portero de Alemania se suicida, su capitán se fractura y el equipo pierde un partido en la primera ronda? Juega mejor que nunca.

“Amanece y Marte es dueño de la hora”, escribió Schiller. En la alborada del partido, Alemania ya estaba en combate. El equipo más joven del Mundial no ha descubierto el nerviosismo. Argentina, en cambio, fue un caso psicológico. El gol tempranero minó sus ánimos mientras Alemania apretaba como si fuera perdiendo. En la parte complementaria, Argentina se volvió dominadora, pero el segundo gol teutón provocó una depresión digna de una mudanza a Villa Freud. De ahí en adelante, sólo había desfiladero.

Lamento en el alma que tu regreso al país sea como el de Ulises y encuentres una Ítaca de amargos alfajores. Por razones míticas y amistosas (forma diaria del mito) estaba con Argentina. Quería que el aura de Diego se extendiera. Nadie ha animado el futbol como él. Me ilusionaba una victoria en la final contra Brasil, como una parábola de que la poesía es más eficaz que las instrucciones para armar motores.

Messi acabó jugando sólo muy bien, situación dramática para un genio. Alemania hizo puré de papas en la banda derecha (Zanetti fue la ausencia más grave del Mundial) y Klose confirmó que hay jugadores que sólo dan espectáculo en las guerras y rinden en la selección más que en cualquier club.

Una escena resume el comportamiento alemán: el pase de Müller para preparar el tercer gol. Estaba tirado, en una posición que el 99% de los delanteros aprovecha para exigir una falta, pero siguió luchando y se las arregló para filtrar un balón de arsénico.

Ser aplastado nunca es cómodo, pero al menos evita tentaciones retrospectivas: “Qué hubiera pasado si...”. Pienso en la gente de Ghana, que estuvo a unos centímetros de la victoria. La ilusión de África se perdió en un solo lance. ¿Cómo remediar ese instante inagotable? Asamoha Gyan estará siempre preso en el momento que pudo ser distinto, igual que Moacir Barbosa en el Maracanazo.

En el correo anterior pedía remontadas y goles de último minuto. ¡Al fin el aburrido corazón tuvo remedios de taquicardia! Holanda le dio la vuelta a su partido y Ghana se jugó su destino en un tiro. Asamoah Gyan ya había metido dos pénaltis en el Mundial. Es un maestro del género pero su disparo fue al larguero. Muslera golpeó el travesaño con la devoción de un peregrino cuyo deporte extremo es la fe. Nadie pensaba que Gyan sería el primer tirador de Ghana en la tanda final. ¿Qué clase de vida interior se necesita para pasar del pecado a la redención en dos minutos? Gyan logró la mayor hazaña efímera del Mundial. Su segundo pénalti fue para coleccionistas. En vano.

Uruguay demostró que el futbol es adicto a las rarezas. En el minuto 90, el delantero Suárez se convirtió en el último hombre del equipo. Dos veces despejó en la línea de gol: primero con la pierna y luego con la mano de los primeros auxilios. La expulsión valía el pase a semifinales. No fue un lance antideportivo sino suicida. Sólo muriendo podía salvar a los suyos.

Ghana estimuló transfiguraciones radicales en el Mundial: Howard, portero de Estados Unidos, aprovechó su último minuto para subir a rematar como delantero y Suárez aprovechó el suyo para convertirse en portero.

Llegamos a otro momento cumbre en la tanda de penales. La ruleta rusa dependía de un último tirador, el Loco Abreu. Desde que Antonin Panenka dio a Checoslovaquia la Eurocopa de 1976 con un pénalti flotadito, quedó claro que la debilidad es una técnica. Zinedine Zidane hizo lo mismo en su pénalti contra Italia, en la final de Alemania 2006. El Loco Abreu ha pasado por 17 equipos. Supongo que en cada uno de ellos se hizo un tatuaje distinto. Pero sus marcas más extrañas están el cerebro. Es un jugador torpe donde a veces rebota el balón para entrar a las redes. Su único virtuosismo es el pénalti flojo. Llama la atención que el obsesivo Rajevac, estupendo entrenador de Ghana, no haya revisado suficientes historias clínicas para saber que Abreu venía del pabellón donde se inventan realidades. El pase a semifinales dependía de su disparo. Minutos antes, Gyan había estado en la misma situación. El ghanés actuó como un tirador normal: disparó con fuerza y colocación, y falló por unos centímetros. El Loco no necesitaba ejemplos para su carácter, pero Gyan le dio uno: Ghana perdió con un disparo lógico. Llegaba el turno de la sinrazón. El Loco tomó suficiente vuelo para que el portero se fijara en las piernas y en los ojos, es decir, en lo que no iba a ocurrir. El enorme Kingson se venció. “Yo sé quien soy”, Abreu pensó como don Quijote, y lanzó un tiro que hubiera detenido un niño de ocho años. Pero en la puerta nadie estaba de pie.

La FIFA no premió a los delirantes –Suárez y Abreu- como los mejores del partido, sino al impecable Forlán. Hasta los 15 años, Diego quiso ser tenista. Su cuerpo se ajustó a otro deporte, pero no su mirada. Es el único inquilino de Sudáfrica 2010 que ve la portería con la agudeza de quien prepara un saque as. Así anotó un tiro de embrujo. El Jabulani ha sido rebelde para muchos, pero no para el tenista que juega con los pies.

Cuando trabajaba en Radio Educación, me hice amigo de Joao Barbosa, encargado de los programas de bossa nova. En Brasil, Joao había sido militar. Cuando se compró su primer traje de civil salió a la calle y le gritaron “¡maricón!”. Había escogido un saco que tenía una apertura vertical en el faldón. Fue al sastre y pidió que cosieran el saco. Salió a la calle y esta vez le gritaron “¡arrepentido!”. “Hay que arrepentirse antes”, bromeaba Joao.

El Brasil de Dunga necesitaba ese lema. Borró a Holanda en el primer tiempo, con paso de regimiento. Para ganar requería de algo que mencionaste en tu último mensaje: volver a su esencia, ideal platónico que hoy sólo se encuentra en los perfumes. Era el momento de adueñarse del balón y disolver el regimiento para entonar la “Samba del Arrepentido”. Contra Chile, la canarihnha mejoró cuando Felipe Melo tuvo que salir del partido. Entonces el equipo trianguló en forma inesperada y quizá preocupante para su entrenador.

Por desgracia, ante Holanda, Dunga insistió en jugar a los soldados. La primera ocasión de la Naranja Mecánica fue el autogol de Melo. Es una paradoja que la mejor defensa de Brasil de todos los tiempos haya cometido el único autogol verdeamarillo en Mundiales.

“Hay que arrepentirse antes”, el lema de un conocedor del bossa nova pudo haber salvado a Brasil. Nosotros, querido nómada que deja de serlo, pasamos una región espantosa: ¡ahora podemos ser objetivos!


 

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