Por Juan Villoro
 
Pase a Caparrós:
El Mundial se aleja de los sudafricanos y se convierte, fatalmente, en la fiesta de los otros. En 1970 y 1986 nos pasó eso, aunque el efecto no fue no tan rápido ni tan continental. El eclipse de cada equipo africano es el eclipse de todos los africanos. Ningún otro Mundial había traído esta sensación de Tierra Nueva que al fin se incorpora a un banquete. ¿Qué será de las vuvuzelas? ¿Seguirán sonando por inercia, como elefantes de zoológico?
Hablas de un empate pactado entre México y Uruguay. El asunto no está mal para los nietos del Maracanazo, que son líderes, pero sería conformista para nosotros. No quiero presumir de que seamos un país históricamente exigente; la verdad sea dicha, nos adaptamos bien al mal menor. Pero el miedo de enfrentar a Argentina puede más que el consuelo de pasar a la siguiente ronda.
El peor arreglo que recuerdo es el de Alemania en España ’82. Le anotó a Austria y el marcador de 1-0 le convenía a ambos para pasar a la siguiente ronda. A partir de ese momento, todo fue tan aburrido como chupar un clavo o leer una del nouveau roman.
La sospecha de conspiración más espectacular ha sido argentina: el 6-0 contra Perú en el Mundial del ’78. Como todas las intrigas interesantes, ésa nunca se resolverá del todo. Tu paisano Ricardo Gotta escribió un muy buen libro, Fuimos campeones, que desmenuza las circunstancias de la hora: el envío de granos a Perú, los posibles pactos entre los dos gobiernos, la presencia en el palco del siempre escabroso Henry Kissinger, la renuencia de los jugadores peruanos a hablar del tema. Un clima ideal para que Argentina hiciera lo suyo y Perú aflojara. “Éramos el centro de un país detenido”, dijo Menotti.
Esa final de 1978 ocurrió el día de mi santo, muy propicio para el futbol argentino (el 24 de junio nacieron Riquelme y Messi). Tal vez mi patrono también jugó su parte en el enjuague.
La conspiración argentina que sí está acreditada es la de Juan Carlos Hernández, que planeó el robo de la copa Jules Rimet. Los brasileños la custodiaban tras una vitrina blindada (¡como si alguien pensara en fusilarla!), pero el aparador se podía desprender de la pared sin mayor problema. Hernández contrató a un par de ladrones y se quedó con el trofeo que Brasil había ganado tres veces. Lo fundió para venderlo como oro vulgar. Es posible que entre las joyas y los dientes acorazados que asoman en Sudáfrica alguno provenga de la copa Jules Rimet.
Sé que el tema te gusta porque escribiste una novela sobre el argentino que se robó la Mona Lisa. ¿Uruguay y México hurtarán un empate? La verdad, no lo creo. En las cantinas y los andenes de metro del D. F. sólo se habla de una cosa: hay que evitar a Argentina, versión futbolística de la Gripe A.
Derrotamos a Uruguay en la pasada Copa América, cuando Hugo Sánchez dirigía a la selección. No parece imposible ganarles. Lo que sí podríamos negociar es la victoria. En el mundo hay tres millones de uruguayos. Cabrían en Coyoacán sin causar más problema que bloquear la entrada de alguna cochera. Hospedaríamos a todos a cambio de que llevaran su parrilla ante Argentina.
La parte más perversa del asunto es que necesitamos un asesor extranjero. Hemos perfeccionado mañas para el fraude electoral, pero nuestra mayor fechoría en los Mundiales es poco encomiable: en Francia ’98, un mexicano apagó la flama del Soldado Desconocido con sus orines. La verdad, querido conspirador, necesitamos ayuda del país que se robó la Rimet y la Gioconda.
Habría que buscar un astrólogo elocuente, un psicoanalista de la teoría del espejo, un politólogo maquiavélico, un semiólogo proselitista o todo eso junto: un especialista argentino para convencer a Uruguay de que acepte la derrota.
Para evitar a Argentina, no hay como tener de tu lado a un argentino.

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