Creo tener claro por qué me convertí en el señor amargado que soy hoy. Nada me gusta, todo es una porquería, el mundo no funciona, la gente es una gonorrea (cómo me gusta decir gonorrea). No creo ni en mi madre.

No debería ser así. Crecí junto al mar, en medio de una familia tan grande como amorosa. El mundo era una cosa sencilla, los días se iban en ir al colegio, andar descalzo por el barrio y bañarse en cuanto aguacero cayera. Creo que era feliz

Todo cambió el día que Italia le ganó a Brasil en el Mundial de España. Yo no recuerdo muchas de las cosas que me pasaron en 2002, pero lo que pasó ese 7 de julio de 1982 en el Estadio Sarriá no se me olvida más. Ese día descubrí que la vida era una mierda, y que por mucho que mis padres quisieran protegerme, no iban a poder salvarme de todas las cosas malas del mundo.
 
El otro día vi la repetición de ese partido en ESPN y no pude terminar de verlo. Para lo único que me sirivió la retransmisión fue para recordar que yo de niño quería ser Falcao. Así de bloqueado tengo ese episodio.

No voy a exagerar y decir que esta eliminación versión 2010 es igual a la de 28 hace años, porque ninguna selección Brasil, ni siquiera la de 1970, ha estado a la altura de esa de Zico y compañía. Pero que los de Dunga hayan perdido contra una Holanda que no mostró mucho es algo que me va a tener mal durante un par de días. Así es.

Este Brasil no jugaba bonito, pero sí jugaba bien. Son cosas diferentes, se sabe, pero es que desde aquella derrota en Barcelona yo prefiero que juegue feo y gane, y no que baile ballet y pierda.

No está exento de sufrimiento el amor verdadero, supongo. Desde hace tres décadas Brasil me ha roto el corazón más veces que la media docena de mujeres que acabaron conmigo.

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