Estoy en mi casa y suena el teléfono, son los de Telmex. Solo llaman a cobrar, o a ofrecer la televisión avanzada de doscientos canales, en lugar de la análoga que tengo en casa, de apenas setenta. El apenas es un decir, yo con veinte canales tengo y me sobra.

Cada vez que llaman a recordar que la factura está a punto de vencer entro en pánico –así ya haya pagado- y paso el resto del día amargado, paranoico, como cuando alguien va en un bus repleto y cada dos minutos se toca el bolsillo donde guarda el celular, esperando no encontrarlo allí.

El asunto es que del otro lado, un operador me ofrece un plan de televisión digital, internet y canales de cine por apenas treinta mil pesos más que lo que pago ahora. Es la tercera vez que llaman a ofrecerme la promoción, y es la tercera vez que la rechazo. Matemática pura: Carlos Slim no se convirtió en el hombre más rico del mundo regalando cosas. El mexicano de los sesenta mil millones de dólares ha amasado su fortuna a fuerza de sacarle a tipos del montón, como usted o como yo, quince dólares por acá, diez más por allá, y así sistemáticamente.

Me niego entonces a hacer más millonario a un millonario, con la certeza de que tengo todo para perder, y que Slim buscará la manera de sacar dinero de otros lugares. En lo que yo me demoro escribiendo esta línea, el hombre ingresa miles de dólares que sus bisnietos no alcanzarán a gastarse.

Yo resisto desde mi televisión arcaica, y él me presiona sustituyendo canales: Cine Latino en vez de TV5, Utilísima en lugar de la BBC, y un programa de personas de la tercera edad haciendo aeróbicos donde antes estaba People & Arts. Yo no se si el hombre más rico del planeta compró TV Cable con la firme idea de volverlo una porquería en servicio al cliente y de dinamitar la parrilla de programación, pero ahí va.

Mi aguante iba bien hasta que quitaron TyC, de lejos el mejor canal de deportes. Mientras ESPN y Fox Sports entretienen, TyC culturiza (con el perdón de Gloria Zea). Ahí perdí el control y, con esta furia interna que no se de dónde nace, me dirigí a la oficina de Telmex más cercana con la intención de armar una escena tipo Señora Patricia, o en un giro dramático lleno de poesía, de emular a Michael Douglas en Un día de furia. 

Me presenté con libreta en mano y cara de malo, dispuesto a anotar todo, desde los cuarenta minutos de espera, hasta la respuesta que me dio el representante de servicio al cliente, una enredada excusa que concluyó en que todo se debía a una negociación de licencias. Llegué con el alma indómita dispuesto a hacer respetar mis derechos, pero terminé convencido de que la mejor decisión de vida era comprar un paquete que incluía, además de TV avanzada, internet y canales de cine, una línea telefónica con llamadas locales ilimitadas. Debo aceptarlo, Slim es un monstruo al que dan ganas de regalarle dinero.

Me deprimí tanto que en el regreso a casa me compré dos litros de helado de chocolate -mi preferido- y me los comí frente al sofá del estudio viendo Teleamiga, canal 70. Después de comprobar que soy débil de carácter, y sabiendo que perdí TyC para siempre, me queda el consuelo de ser el Señora Patricia de la letras colombianas.
 
Ahora solo resta aferrarse a Telecaribe.

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