Durante estos primeros dos meses de mantener un blog en la página internet de SoHo me han llegado varios comentarios negativos que, sin excepción –incluso cuando fingen un nombre de remitente–, tienen al menos un común denominador: se escudan en el anonimato. Como quien publica se expone a la crítica, y ya sabemos que nunca llueve a gusto de todos, debo aceptar que mis textos no les gusten a algunos, o a muchos, de mis lectores. Debo aceptarlo y lo acepto. Lo que sin embargo me cuesta aceptar es una infamia como la del 5.12., dizque enjuiciando mis divagaciones acerca del genitivo sajón: «No acostumbro a escribir comentarios negativos, pero respecto a este articulo [sic] insulso, vacio [sic] y flojo cualquier insulto es poco». Resulta bastante evidente la intención de ofender como sea, porque por mucho que un texto le parezca insulso, vacío y flojo a un lector, ese lector (si es un ser normal) no se siente por ello obligado a insultar: todo lo más a criticar, y está en su perfecto derecho al hacerlo. Claro está que también puede ser que el autor de esta línea y media no tenga la más mínima idea de lo que significa la palabra “insulto”, puesto que en su razonamiento la homologa con “comentarios negativos”, y sabido es que los comentarios negativos no tienen por qué ser, ni son per se, insultos. En fin, que a esta persona no le gusta lo que escribo y me quiere insultar, pero, eso sí, dispone de suficiente pudor como para no mancillar su verdadero nombre relacionándolo con el mío. Qué delicado gesto por lo que se refiere a su familia... Espero que se lo agradezcan. Sobre todo porque renunciando a firmar con su nombre, renunció de paso a esa inmortalidad de quince segundos (ni siquiera minutos, como utópicamente pensaba Andy Warhol) que le garantizaría el haber hecho una excepción a sus costumbres. Sean cuales fueren, aparte de las infamantes.

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