(Aprovecho que aún no me descontinuaron el blog, y que los técnicos descansan el fin de semana, para incluir un nuevo texto)
 

Me parece que fue en un sainete teatral, de ambiente barriobajero madrileño, donde uno de los protagonistas le decía a una de las mujeres, que salía muy despechugada al escenario: “Anda, morena, que entre lo que se te ve y lo que se te adivina, eres un tormento para la imaginación”. Esta frase, de haberse producido en la vida real, la inmensa mayoría de los españoles (tanto varones como hembras) la consideraría “un piropo”, o sea, una galantería, un cumplido...algo burdo, sí, pero nada que ni siquiera en el “más pior” de los casos pudiera calificarse como acoso sexual.

¿Y en Irlanda, o en Suecia? ¿sucedería lo mismo? ¿o un ejército de feministas se lanzaría a las barricadas después de oír esa frase, acusando al ciudadano autor de la misma como irredimible machista, sexista y acosador sexual?
 

Me lo pregunto a la vista de los resultados de una estadística llevada a cabo en el seno de la Unión Europea por Gallup y el Instituto Max Planck, entre otras organizaciones de renombre. Una encuesta representativa, con 35.000 mujeres, y de la que se desprende que el índice mayor de acoso sexual lo sufren las irlandesas (3,8%) seguidas de las suecas (3,3%), mientras que las italianas, francesas, española y húngaras, cuya contraparte varonil son quienes tienen fama de ser fogosos y apasionados latinos y magiares, todas ellas se quedan por debajo del 1%, siendo el promedio europeo un 1,5%.
 

Naturalmente, incluso dentro de los porcentajes referidos hay que ir matizando. Tomemos el caso de Alemania, que con su 2,4% supera el promedio continental casi por un punto. Las alemanas afectadas se desglosan así: un 83% se quejaron de comportamiento desvergonzado por parte de los hombres; un 10% de toqueteos deshonestos; un 6% de intentos de violación,
y el resto, es decir, el 1%, de violación consumada.
 

Es aquí donde inserto mi pregunta: ¿a qué llama “comportamiento deshonesto” una alemana? ¿a un comentario subido de tono acerca de sus gracias corporales, mientras que una española, por ejemplo, hasta se podría sonreír al oírlo –casi medio orgullosa por haberlo suscitado– y nunca lo calificaría como acoso sexual? ¿Es esta distinta reacción, explicable a partir de una historia y una cultura distintas, la que a su vez explica cifras tan divergentes? No lo sabemos, y ninguna estadística posible estaría en condiciones de iluminarlo.

Lo que sí parece altamente probable es que conforme se avanza hacia el norte, disminuyen la tolerancia a la grosería disfrazada de homenaje, e incluso al homenaje auténtico (pero teñido de deseo), que son las descripciones más aproximadas del piropo. Y es así mismo muy probable que eso induzca a calificar como agresión sexual lo que en el peor de los casos no es otra cosa que una falta de educación: sexista si se quiere, pero falta de educación en primer lugar.
 

También parece seguro que la cifra “negra” de las estadísticas está muy por encima de las que se publican. Y que a la existencia y persistencia de ese amplio espacio de acoso silenciado, contribuye el hecho de que provenga del entorno más cercano a la mujer; sus familiares varones y sus colegas masculinos y, desde luego, sus jefes: las mujeres temen sus represalias. Pero no sólo eso, sino que puede haber, además, una comprensible tendencia a barrer esa porquería bajo la alfombra. No en último término porque la más infame ultima ratio del machismo es que las culpables de su acoso son las propias mujeres, que andan por ahí “pidiendo guerra”, es decir, provocando a los pobrecitos hombres, tan indefensos ellos...quiero decir: nosotros.
 

Sería curioso y bastante iluminador hacer una estadística de signo contrario a esta que acaba de realizarse en la Unión Europea. Una estadística donde los varones debieran responder anónima pero verazmente a las razones por las cuales acosan a las mujeres. Estoy convencido de que el género masculino saldría muy mal parado de la investigación.
 

Me apoyo para pensarlo en uno de los clichés más recalcitrantes del inextinguible machismo, en aquel que nos “enseña” que los hijos de nuestras hijas sí son con absoluta seguridad nietos nuestros, mientras que en el caso de los hijos de las nueras siempre queda la posibilidad de que no lo sean. La pregunta que yo le plantearía al imbécil que así me argumentase es por qué él está tan seguro de que sus hijas son (sean) suyas.

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