Cada año, por el segundo jueves de octubre, me entra como un pánico. Me veo abriendo la página de algún periódico y viendo en primera plana: “Por segunda vez en su historia, Colombia recibe el Premio Nobel de Literatura”. Y el miedo radica en que todo nuestro sistema cultural colapsaría. Hace 27 años, cuando lo ganó García Márquez, estábamos apenas tratando de salir de la Colonia, muy embolatados como para pararle muchas bolas. Apenas unas menciones de Belisario, alguna fiesta. Y claro, el escándalo de las señoras bogotanas por la pinta del escritor.

Pero hoy, con el furor de las facultades de literatura, con tanto poeta de parque, con tanto literato varado, el caos sería monumental. Los javerianos saldrían (¿saldríamos?) a protestar indignados contra el eurocentrismo del premio, con sus libros de Ángel Rama bajo el brazo, diciendo que no se puede seguir con ese colonialismo cultural, yanquis go home, y organizarían un referendo interuniversitario para pedir el Nobel póstumo a la maravillosa obra de José María Arguedas, a su sensibilidad indígena y pluricultural. Por otro lado, los uniandinos iniciarían, sin tomarse un solo respiro, con ese espíritu tan activo que los caracteriza, siete recitales de poesía (así el ganador solo escriba prosa), cuatro charlas organizadas por los monitores de las clases (y dadas por ellos también) y un banquete multitudinario con toda la redacción de Cartel Urbano, un practicante de El Malpensante y el consejo editorial de Hoja Blanca (que son dos personas). Y los de la Nacional, pobres, solo se enterarían del premio tres semanas después.

Si el ganador es costeño, las fábricas de licores tendrían que trabajar horas extras, no darían abasto los cultivos de caña de todo el valle del Cauca para la producción de tanto ron y las calles quedarían tapizadas de maizena; si es paisa, quedaría esperar que los muertos fueran pocos; y si es rolo, se agotarían las reservas de coca de todos los dealers capitalinos. En cada esquina de cada ciudad ubicarían una estatua de cartón (como la de Ingrid), junto a la cual los felices lectores podría tomarse fotos a dos mil pesos.

En la televisión, Señal Colombia produciría un especial de cuatro horas en el que entrevistarían a los más importantes escritores de Colombia, como Jaime Espinal o el autor de esa gran obra sobre el bazuco y los indigentes que se llama Fondo Blanco (el nombre del autor se los debo, pues nadie supo darme razón de él), y sería presentado por los intelectuales del canal, que normalmente son hipsters menores de 27 años que todavía están haciendo la práctica para graduarse de filosofía.

Al final de la semana todos quedaríamos agotados de tanta fiesta y tanto trago, las reediciones de la obra del autor se empolvarían en los estantes de las librerías, nuestra triste realidad volvería a imponerse con su violencia y su barbarie, y no nos quedaría más remedio que esperar al octubre siguiente. O no. Porque un Nobel es como un partido de la selección, se gane o se pierda, siempre se bebe. Y nunca, claro, se lee.

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