Cortázar decía que lo importante al escribir no es el tema sino el tratamiento. En 1959 una familia es brutalmente asesinada en un oscuro y anónimo pueblo de Kansas. Truman Capote investiga y escribe su magnífica novela A sangre fría , usa aquel crimen para hacer un profundo y escalofriante retrato de la condición humana e inaugura un género: la non fiction novel . La violencia, por desgracia, es inherente a la condición humana y el arte la ha expresado en todas las formas posibles. Y quizá esa sea una de las principales funciones del arte, hacernos pensar y ayudarnos a entender por qué somos tan feroces y mezquinos. Pero, lo sabemos bien, no bastan las desgracias para convertir a un miserable en una persona decente; por el contrario, un hombre ruin puede usar la desgracia como un elemento más de su indignidad. Parece que en Colombia escribir sobre desgracias es la única manera de ganar premios o vender libros; a los colombianos no les basta con la feroz realidad que los cerca, su apetito por la violencia sigue creciendo, la quieren radiada, televisada, escrita y descrita en todas las formas posibles: en formato periodistico o literario. Lo importante es que haya sangre, no importa de quien ni cómo. Y, por supuesto, hay muchos por ahí ansiosos de complacer esa morbosa e infinita sed de sangre y dolor. En la mayoría de esos libros, que se venden en los semáforos o adornan las vidrieras de nuestras librerías, no hay búsqueda, arte ni pasión, no hay tratamiento alguno del tema, no pretenden hacernos pensar o entender; es sólo violencia burda y escueta, morbo, mezquindad, efectismo. La violencia colombiana es un negocio enorme, una macabra y atroz multinacional y ya hace tiempo que muchos periodistas y escritores decidieron sacar su tajada.

Cada persona en este mundo tiene la filosofía de sus propias actitudes, explicarse y justificarse es lo que mejor saben hacer los seres humanos. Víctimas y verdugos esgrimen con habilidad el discurso que les dará la razón ante los otros. El caso es que de las criaturas humanas ninguna tiene tanto potencial de ser ruin y miserable como un escritor. Quizá esta capacidad se deba a lo desprovistos e inofensivos que se sienten, en el fondo sólo ansían ser compadecidos y mimados, para lograr esto están dispuestos a todo. Venderían el alma al diablo por migajas de atención. Ellos, los escritores ruines, viven de becas y cargos logrados a punta de lamer el culo de sus amos. Ellos, los escritores miserables, conspiran e intrigan para lograr favores del poder que dicen combatir. ¿Qué rayos combaten? Ellos son los trituradores de basura de ese poder, son idiotas a sueldo; ese poder les da columnas o cargos, los contrata para quejarse (de ese poder) o para arrastrarse en sus embajadas. Y cada año, los escritores ruines y automáticos, lanzan un nuevo libro. Violencia, dolor y sangre van de moda, los escritores ruines deben procurar la historia más patética posible y envasarla en formato novela. Se les verá compungidos en las entrevistas, hablando con grandilocuencia de lo difícil y doloroso que es escribir sobre la guerra y sus consecuencias, del sacrificio que entraña abordar ciertos temas y luego se sacudirán el fondillo para regresar a sus confortables refugios...
Nunca me he sentido un escritor, soy sólo un tipo cualquiera que escribe. Hasta la publicación de Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, a mediados de 2002, no conocía escritores. Los veía a distancia y no entendía como alguien con sentido común podía vestirse de esa forma. Y, por supuesto, me parecían noños, arrogantes y aburridos. Habría sido mejor quedarme con esa percepción. Conocer escritores, sobre todo en Colombia, ha sido lo peor de estos últimos años. Ellos, los escritores ruines, se presentan unos a otros y pactan el intercambio de halagos sin pudor alguno. En el fondo son dignos de la compasión que pretenden, uno debe estar verdaderamente jodido para decirle, como me contaron hizo cierto escritor una noche en un bar de la Zona T, a una chica que no le quiso dar el culo. Palabras textuales: ¿No sabes quién soy?, Soy el escritor fulanito de tal, ¿no lo sabes?l ... (Ja, ja, ja. ¡Ay!, sólo me duele cuando no me río)

 

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