Ya no más Halloween. Ya estuvo bien: el desfile por la sexta entre ventiuna y catorce estuvo tan bueno como todos los años, la Casa Blanca se pintó de anaranjado, la fiesta de la Revista Vice se gastó los 250 mil dólares que tenía planeados, la fiesta de The Danger estuvo tan desquiciada como todos lo habíamos esperado, un gringo se ganó la maratón que vio su versión más vampirezca este año, los niños pidieron dulces tal como la tradición le pide, las mascotas desfilaron sus disfraces y los raperos ostentaron su mal gusto. Pero ya no más. Ya se perdió demasiado tiempo tratando de recuperarse como para estar, otra vez, contando qué fue lo que pasó. Y la buena noticia: tenemos un año para olvidarnos del dilema del disfraz y de cómo no hacer el ridículo con éste. La paradoja, sin embargo, es que ya sé de qué me voy a disfrazar en un año: de mi hermano.

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