El sábado pasado fue uno de los días más terroríficos de mi vida. Por la mañana me fisuré un hueso del pie derecho en un partido de fútbol. Camino a casa, un amigo que me llevaba en su carro me pidió que lo acompañara al supermercado porque la nevera le había mandado un mail donde le decía que comprara tres litros de leche, libra y media de carne, y le advertía además que los duraznos de la semana pasada estaban a punto de podrirse.

Coincido con él en que su esposa está pasada de kilos y tiene poca cintura, pero no estuve de acuerdo con que la llamara así. Antes de que pudiera decirle algo, me aclaró que al decir nevera se refería efectivamente a la que tenía en la cocina, junto al lavaplatos. Había sido un regalo de sus suegros y era de última generación, con pantalla táctil, conexión a internet y capaz de tomarse una foto de su interior y mandársela a su correo para saber qué tenía que comprar.

Yo no se en qué momento este mundo terminó de putearse, ni qué piense usted al respecto, pero que la nevera mande un mail me parece una de las cosas más miedosas que puede pasarle a alguien; o al menos eso pensaba, porque esa tarde, viendo unas fotos de una amiga en Facebook fui a dar con una en la que salía junto a la recién fallecida Lina Marulanda.
 
Lina estaba tagueada, así que hice click en el link que daba a su perfil, donde pude ver unas pocas fotos y descubrir que estaba de cumpleaños ese mismo día, 15 de mayo. Lo más macabro del asunto es que internet nos de la posibilidad de entrar a la página personal de un difunto, y que algo tan primitivo como la muerte sea capaz de reinventarse al ritmo de las nuevas tecnologías.

Movido por el terror, y teniendo en cuenta el nivel de irrealidad en que estaba todo ese día, me dio por buscar en Facebook el perfil de la nevera de mi amigo –que seguro lo tiene-, pero me abstuve; no se qué hubiera sido de mi precaria cordura de haber dado con ella.


Inmovilizado por la lesión de mi pie, me la pasé ese sábado de una página de internet a otra. Incluso entré a Twitter, herramienta que rara vez uso y en donde tengo 125 seguidores que no se a dónde carajos me siguen, porque como siempre dijo mi madre, yo no voy para ninguna parte. Me da pena no tener nada que decirles y aprovecho estas líneas para disculparme ante ellos.

Estaba en esas cuando descubrí que Enrique Peñalosa se había convertido en uno de mis seguidores. Debo decir que me inquieta que un tipo que fue alcalde de Bogotá, estudió en Duke, tiene cartel de presidenciable y cuenta con tres mil seguidores en Twitter, haya decidido convertirme en una de las ochocientas personas a las que sigue. Y yo que pensaba que Peñalosa era mi líder político, y era yo quien lo seguía a él.

A veces la tecnología te da lecciones que ni la más inteligente de las neveras podría explicarte vía correo electrónico.

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