Relato incluido en el libro Cinema árbol (extended version)

 

THELMA es una solterona de cuarenta y pico años, robusta y malgeniada, llena de manías e ilusiones rotas, con modales de camionero y una voz grave. Ella jamás me dirige la palabra pero hace tres meses que somos amantes. Es nuestra vecina, vive en compañía de una sobrina con la que tengo amistad. Thelma fuma tabaco y bebe como un hombre, le gusta sobre todo el brandy. Su apartamento consta de dos habitaciones y un pequeño cuarto donde guardan objetos en desuso, un lugar donde ella no desentona.

Al mediodía el sol caliente fuerte y la gente del barrio se toma su sopa mientra sigue la telenovela. A esa hora solemos encontranos Thelma y yo, su sobrina tiene jornada continua y almuerza en el colegio. Thelma me espera en el pequeño cuarto, al entrar descubro su figura voluminosa tumbada en un viejo sofá que cruje cuando ella respira; sus grandes ojos de color aceituna se mueven inquietos. Sin desnudarme me subo sobre ella. En la penumbra su cara es difusa, su cuerpo abajo se mueve como un colchón de agua, su caliente sexo me estruja la verga. Con los ojos cerrados me dejo llevar: estoy en la azotea de un rascacielos, la luz de un sol naranja me acaricia la nuca, son las cinco de la tarde y ella es hermosa, no es un colchón de agua sino un médano donde reposo. Al eyacular las imágenes se desvanecen, estoy sobre una montaña de sebo rodeado de sillas rotas, el cuerpo de Thelma es viscoso, me alejo de allí a todo prisa, entro por la puerta del patio a mi casa y me encierro en el baño. La imagino resoplando como una ballena moribunda, abandonando el sofá con lentitud, apoyándose en los objetos: un monstruo triste e insatisfecho.

Cada día estoy más asqueado de ella; he jurado no volver allá pero en el momento que menos lo pienso un febril desasosiego me embarga... No sé cómo se las arregla para saber que voy a llegar, lo cierto es que siempre la encuentro allí, moviendo sus ojos como un cangrejo, separando sus piernas con esfuerzo, esperando que suba. Recuerdo que empecé a visitar ese apartamento por la sobrina, una adolescente alta y elástica de labios gruesos y cejas negrísimas. A Thelma no la había tomado en consideración, ni siquiera supe como era su cara hasta aquella tarde que curiosamente fue la única vez que estuve en su cama.

Aquella tarde me encontraba en el apartamento esperando a Lucy (la sobrina). Thelma me había dejado entrar y luego se metió en su habitación. Al cabo de un rato me aburrí de esperar y llamé a Thelma para decirle que me iba. No hubo respuesta. Me asomé en la puerta entreabierta de la habitación y descubrí a Thelma profundamente dormida: estaba boca arriba, desnuda, las piernas abiertas dejaban ver la inmensidad de su sexo. La luz del sol entraba por un ángulo de la ventana y le daba a su cuerpo una apariencia sagrada e íntima como ciertas pinturas impresionistas. A la luz de la razón se trataba de una pila de carne desparramada sobre una cama; sin embargo, mi corazón se agitaba como el de una criatura del bosque cercada por violentos cazadores y mis manos abrían la bragueta impulsadas por una dolorosa erección. Me subí sobre aquella duna, estaba mareado. Thelma abrió los ojos todavía adormilada y antes que pudiera darse cuenta ya me tenía adentro. Por sus ojos pasaron destellos de sorpresa, indignación y miedo. Después el placer los nubló. Fue rápido e intenso. No hubo palabras entonces y no las habrá jamás.

 

Nota: lanzamiento en Bogotá de Cinema árbol este Martes 24 de octubre a las  6:30 p.m (para más información escriba a tienestodalarazon@yahoo.com)

 

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