Han pasado diez años desde la última vez que le escribí a una mujer, así que no sé cómo salga esto.

 

Es una buena cosa que no tengas la oportunidad de verme en mis malos ratos, como cuando me alimento cual marrano, con ansias y sin modales, como si alguien me fuera a quitar la comida; o cuando trato sin éxito de disimular mi insípida calvicie; o cuando me subo a un taxi y miro desesperado para todos lados, en particular a los gestos del taxista, convencido de que ahora sí me van a hacer el paseo millonario.

 

No has visto tampoco la cara que pongo en el banco, cuando desearía dispararle a todos, especialmente a los que hacen la fila para clientes preferenciales; ni la mueca de mí mismo que soy recién levantado; ni en domingo por la tarde, cuando desearía no existir pero debo conformarme con no bañarme.

 

Apenas si permito que me veas sentado frente al computador, escribiendo, que es lo único que medio sé hacer en esta vida, a ver si mi mejor pose logra convencerte, pero ni así.

 

Yo en cambio te he visto en asuntos tan mundanos como pedir almuerzo a domicilio, y debo decir que alcanzas insoportables niveles de adorabilidad cuando peleas con el que te toma la orden por no haberte ofrecido la promoción del día.

 

Tomo como señales los no más de tres gestos básicos que has tenido conmigo y que he ido tergiversando a conveniencia. Nunca he logrado entender cómo se pronuncia en italiano la cc, ni la ch, pese a que me lo han explicado varias veces; nunca se me olvidaría si tú me lo explicaras.

 

Me gustas tanto que si fuéramos niños y estudiáramos en el mismo salón viviría jalándote el pelo, volviendo nada tus cuadernos, e inventando variaciones de tu nombre que rimaran con desechos humanos. Te habría hecho llorar tanto que ya nos hubieran mandado al sicólogo: a tí por bajo rendimiento académico; a mí, para hallar el origen de mi naturaleza destructora. Mi torpeza para enamorar no ha cesado con los años y hoy trato de conquistarte con la misma sutileza que tendría un hipopótamo en una cristalería, solo que sin apelar al terrorismo sicológico.

 

Me gustas tanto que me bajas la líbido pese a encontrarte deseable en extremo. Me vuelves inapetente para el sexo tanto como me vuelves inapetente para la vida.

 

Pero cuando llega el lunes y leo en las noticias que una señora del DAS pidió asilo en Panamá, luego reviso el correo y veo que me han rechazado un artículo, y noto por último que estás agripada, no me queda otra que mandar este romanticismo de corto vuelo al carajo.

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